Con su carisma, energía y motivados por transformar, 16 jóvenes del barrio Navarro Wolf, en Villa del Rosario, vieron la necesidad de construir un colectivo donde sus habilidades fueran esenciales para ayudar a otros.
Lo que inició hace siete años como un ‘parche’ más de amigos, común e improvisado, terminó por consolidarse como colectivo juvenil hace un año y medio.
La mayoría de ellos son universitarios y buscan que con sus capacidades como psicólogos, trabajadores sociales, ingenieros, comunicadores sociales y arquitectos, puedan transformar su entorno, empezando desde su barrio para llegar a más comunidades y más jóvenes.
Sus ‘parches’, como le dicen coloquialmente a las pequeñas reuniones que hacen entre ellos y los jóvenes que deseen integrarse, son el momento para dejar fluir la creatividad, con un enfoque multidisciplinario y multicultural, donde no hay juicio y todas las ideas son bienvenidas.
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Carlos Verjel, director general del colectivo Coroto Popular, es arquitecto y con habilidades en las artes plásticas y visuales, intenta que los estigmas que tienen por su barrio y algunas personas sean derrotados.
Por ello, dentro de las tantas actividades que desarrollan para poder generar un tejido comunitario, hacen cartografía social, grafitis y muralismo, en espacios desolados, donde vean la necesidad de una chispa de color y luz.
Asimismo, dentro de sus responsabilidades sacan tiempo para buscar iniciativas que transformen el deporte, la cultura, el arte y su entorno comunitario, además, siendo financiados por sus propios medios.
Ubicados en Navarro Wolf, donde sus “tarimas son las calles”, ayudan a las fundaciones que solicitan su apoyo logístico y operativo, con el que están dispuestos a servir a la comunidad que lo necesite.
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Actividades con amor
El acompañamiento que desde hace un tiempo le han dado a una fundación, entregando lo que ellos han llamado ‘sopas con amor’, les ha permitido explorar su conciencia y habilidades para el servicio comunitario.
El colectivo Coroto ha llegado a diferentes sectores de Cúcuta, para entregar un plato de comida que ellos mismos cocinan con la comunidad, para después compartir.
“Es una filosofía de vida, el estómago es nuestro segundo corazón, entonces si usted le da de comer a alguien es como si usted estuviera alimentándose”, aseguró Carlos.
En ocasiones más recientes, han llegado al parque Mercedes y el Canal Bogotá, donde han cocinado con sus manos, pelando y desgranado la verdura para entregar miles de sopas.
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“Comprendí que uno de mis propósitos de vida era ayudar al prójimo, entonces desde los 14 años empecé con el servicio social”, dijo el líder de los jóvenes.
Pese a que cada uno tiene un rol y función asignada, su trabajo en equipo es lo que los fortalece, pues al finalizar cada jornada ven el agradecimiento de las personas, lo que les impulsa a continuar con paso firme.
“En una jornada una abuela me dijo, ‘muchas gracias mijos, gracias a esto mis nietos y yo también vamos a tener para calentar mañana’. Yo creo que si aprendemos a darle al otro, aprendemos a recibirlo en realidad, porque siempre esperamos el prójimo o el otro nos dé y no estamos ni siquiera haciéndonos conscientes de lo que en realidad le aportamos a la vida y cómo somos consecuentes con ellos”, señaló Verjel.
Por esta función su líder dice sentir regocijo, pues ayudan a muchas personas entre esos migrantes y personas en condición de calle, dentro de sus prioridades.
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Aunque en un momento de su vida, fue rechazado o víctima de los estigmas, logró hacer parte de la junta comunal de su barrio, en la que ha logrado formular proyectos y con su conocimiento en artes plásticas, ha compartido espacios para que otros aprendan de las riquezas compuestas por la oralidad y teatro.
De igual forma, esperan que en el polideportivo de su barrio, más niños sigan aprendiendo del deporte y que conozcan otros diferentes a los tradicionales que tal vez les puede gustar como el parkour o el break dance.
Su financiación
Como no cuentan con alguien que sustente sus gastos, los mismos jóvenes se autogestionan con sus unidades productivas, denominadas ‘bocaditos’. Son unas empanadas que venden a $800.
Asimismo, cuando llegan a un lugar y está la posibilidad, abren su gorra y esperan a que las personas puedan ayudarlos.
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Otras actividades
Dentro de su comunidad también realizan actividades como cine foro, actividades culturales para embellecer diferentes rincones del barrio e investigaciones, dentro de esas sobre la planta medicinal de cannabis.
“Hemos estado interviniendo en ciertos aspectos que fortalecen al barrio, como por ejemplo, ayudar con el alumbrado, ya pusimos luz en un punto, lo que a la gente le ha cambiado su percepción de seguridad totalmente”, dijo Carlos Verjel.
Con esto, el desarrollo que el colectivo ha logrado deja ver las capacidades que cada uno de los jóvenes tiene y desea aportar desde sus profesiones. “Cada quien puede generar su futuro de una forma mejor y no repitiendo esos mismos patrones de conducta que se ven reflejados en los barrios marginados de la sociedad”, agregó David Balanta, joven activo en el grupo.
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