Una pesadilla sin fin
Ramona Pérez, oriunda de la vereda El Remolino, califica como una pesadilla la experiencia vivida en la finca con la catástrofe natural. “Tomamos falda arriba porque no había nada qué hacer, corrimos hacia el monte y la creciente acabó con todo. Quedamos en la calle”, describe.
“Del susto se me durmieron las piernas y las manos por los calambres. ¡Ay hijo lindo, eso se estremecía todo, pensé que no íbamos a tener escapatoria”, dice.
Con un nudo en la garganta recuerda que la furia de la corriente arrasó con los cultivos sembrados en las vegas, las herramientas de los obreros, los soberados donde guardaban las semillas de la cebolla, los cerdos de engorde, las gallinas ponedoras y las vacas lecheras.
“No quedó nada en pie, árboles, cercas de alambre de púa y postes. La yuca, el plátano, el fríjol, la habichuela, la alverja, el pimentón e incluso las mangueras para los sistemas de riego”, recalcó. La madre de 11 hijos no se cansa de dar las gracias al todopoderoso por salvarla de esa avalancha. Bendito Dios, ninguna persona murió y todos mis hijos y nietos están a salvo, pero tenemos miedo de regresar, ya que la falla geológica sigue en Villa Caro y no queremos vivir esa amarga experiencia, reitera.