Para los rusos residentes en Ucrania, la invasión lanzada por el Kremlin se ha convertido en un drama personal, entre vergüenza y rabia, y ven ahora su país de origen como un enemigo.
Sasha Alekseyeva, de 32 años, se instaló en la capital ucraniana hace más de cuatro años huyendo del régimen autoritario del presidente ruso, Vladimir Putin.
Para muchos de sus compatriotas liberales, esta antigua república soviética que ha experimentado dos revoluciones prodemocracia desde 2004 y donde el ruso es ampliamente hablado se ha convertido en un destino popular de exilio.
Originaria de San Petersburgo, la segunda ciudad rusa, esta mujer ha encontrado refugio en Leópolis (Lviv), bastión nacionalista en el oeste de Ucrania, ante el avance de las tropas rusas hacia Kiev, bombardeado en varias ocasiones.
"Me siento aquí más segura que en Rusia", asegura esta socióloga e informática con rastas multicolor.
La invasión rusa tomó desprovistos a sus nacionales en Ucrania, ahora desgarrados entre su patria y su país de adopción.
La situación es delicada y potencialmente peligrosa porque para algunos, en este país de unos 40 millones de habitantes, todo ciudadano ruso es un enemigo.
A finales de enero, casi 175.000 rusos tenían permiso de residencia en Ucrania, indicó a AFP el servicio de Estado de migraciones. Muchos otros pueden trabajar ilegalmente puesto que Ucrania no tiene un régimen de visados con Rusia.
Combatir contra su país
"Primero tenía mucha vergüenza de ser rusa", admite Galina Yabina, que pasó varios días bajo las bombas en Jarkóv, la segunda ciudad de Ucrania al este del país.
"Después sentía mucha ira, estaba dispuesta a lanzarme contra un tanque con las manos vacías, pero no había tanques, solo ataques aéreos", explica esta editora publicitaria de 36 años que no cree "en absoluto" que Moscú pueda ganar esta guerra.
Maria Trushnikova, profesora de 43 años, atraviesa una crisis de identidad: lleva 20 años viviendo en Ucrania pero todavía se siente rusa.
"Vergüenza, rabia, orgullo por Ucrania, hay de todo en mí", explica a AFP. Además de "un vacío terrible en lugar de la nacionalidad".
Andrei Sidorkine se instaló en Kiev hace unos quince años, pero no fue hasta la invasión rusa que lo identificó definitivamente como su casa y ahora no quiere ir a ningún lado.
Tras dos semanas de guerra, este hombre de 40 años se ha acostumbrado a las explosiones y a las sirenas de alarma antiaérea y ha intentado unirse en varias ocasiones a las fuerzas armadas ucranianas, aunque sin éxito debido a su pasaporte ruso.
"Si jamás las tropas rusas entran en Kiev, querría darles la bienvenida con un arma en las manos, no con las manos vacías", dijo Sidorkine, que prepara cócteles molotov con otros voluntarios.