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La ciudad vista por un transeúnte (2)
En el centro del parque estaba, como siempre, el general Santander, el hombre de las leyes, rodeado por una reja metálica de las que pone la policía para atajar el tráfico.
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La opinión
La Opinión
Sábado, 16 de Mayo de 2026

Continuando nuestro recorrido por el centro de la ciudad de Cúcuta, con los ojos de nuestro transeúnte, que habíamos dicho en la pasada entrega, era el psicólogo, docente de la U.F.P.S. Néstor Aristizábal, todo ello plasmado en su interesante libro San José de Cúcuta, ciudad de frontera, una vuelta por la ciudad y sus alrededores. También advertimos que no se trata de un relato de ficción y que todas las situaciones y eventos narrados son auténticos y reales.

Anteriormente, nuestro personaje había terminado sus diligencias en el Centro Comercial Alejandría, con una breve descripción de la clase de establecimiento y sus características sui géneris. Ahora emprende su viaje de regreso a realizar alguna operación bancaria en la institución de la cual fue su principal gestor y promotor en esta ciudad, la Cooperativa de Profesionales de Colombia COOMEVA, y su banco asociado Bancoomeva.

Citaré con sus propias palabras, publicadas en el texto anteriormente mencionado, su experiencia hasta llegar a su destino: “(…) al ir de regreso hasta Bancoomeva, crucé el parque Santander, y estaba un niño pequeño en medio de las palomas, emocionado al verlas levantar vuelo, como por arte de magia cuando él levantaba sus brazos. La madre lo miraba complacida. En algún momento se acercó un fotógrafo a ofrecerle tomar una foto a su niño. Pero la mamá no estaba interesada en ninguna fotografía, sino en ver feliz a su hijo haciendo volar las palomas. Qué mejor fotografía para una madre que guardar en sus recuerdos la imagen de su hijo, siendo un niño, feliz en el parque, haciendo volar las palomas, solamente con la magia de levantar sus brazos.

En el centro del parque estaba, como siempre, el general Santander, el hombre de las leyes, rodeado por una reja metálica de las que pone la policía para atajar el tráfico. Seguramente no querían que el hombre de las leyes fuera irrespetado con ventas de chucherías al pie del pedestal de un prohombre de la patria o por un habitante de calle  que quisiera dormir a sus pies. No obstante, las palomas revoloteaban alrededor de la estatua. Muchas de ellas atrevían a posarse en la cabeza del general Santander y dejar allí sus excrementos, sin ningún respeto. Y justamente al frente, en la Alcaldía Municipal, estaría algún funcionario, infringiendo la ley, al tratar de hacerle alguna trampa al Estado. ¡Qué paradojas!

Más adelante, en el mismo parque Santander estaba un hombre con sombrero y poncho al hombro, con un carrito anunciando con un equipo de sonido a todo volumen un remedio, que parecía ser la panacea de todos los males físicos y mentales: Moringa, el árbol de la vida, la reina de las plantas para prevenir y curar todo tipo de enfermedades: incontinencia urinaria, problemas del útero y del cuello uterino… agotamiento físico y mental. Desinflama el colon… para prevenir y curar el cáncer, cura más de 120 enfermedades, avalada por científicos de todo el mundo.

Y así seguía con una retahíla de bondades medicinales de la famosa Moringa. Cuando ya iba llegando al banco, me encontré con un hombre alto, fornido, con la cabeza casi blanca, que me saludó, diciéndome: ¿profesor Landazábal (en vez de Aristizábal), sigue trabajando en la universidad o ya se jubiló?

A medida que íbamos caminando me contó que era licenciado en matemáticas y física de la UFPS y yo había sido su profesor de psicología en 1975. ¡Mejor dicho, ya hacía cuatro décadas! ¡Cómo pasa el tiempo!
Hice las vueltas del banco y bajé hasta la calle novena con avenida cero a tomar el bus de regreso a casa. Me llamó la atención que dentro del bus había un aviso que decía: Acacios – Cúcuta – Los Vados – La Garita y vicebersa.

Pensé que “viceversa” se escribe con “v”, y no con “b”, después de todo lo importante no es la buena ortografía de un chofer de bus sino su destreza en conducir. En la puerta del bus había otro aviso “Timbre, no ladre”. ¿Asociaba el chofer al bus con una perrera, en la cual transportaba perros?

Iba pensando en los avisos que colocan en los buses cuando al bajar en la avenida Guaimaral, vi un taxi que había embestido de frente un poste de alumbrado público. Bueno, al fin y al cabo hoy es sábado y ayer fue “Viernes Cultural”, pensé. ¿Estaría el chofer de taxi trasnochado, porque había trabajado toda la noche? ¿Se le habría atravesado un motociclista? ¿Iba hablando por celular? En fin, ¿pudo ser una de estas causas, o las tres a la vez? ¡Que lo averigüe la policía!

Finalmente, llegué hasta mi destino, toqué el timbre, no ladré –como recomendaba el consabido aviso- y me bajé del bus. Curiosamente, alcancé a ver que el bus tenía por fuera un letrero, citando a la sagrada Biblia, aunque con mala ortografía: ‘La bendición de Jehová es la que enrriqueze,  y no anade tristeza con ella’ (Proverbios 10, 22)”.

En otra ocasión, nos narra en una especie de evaluación psicológica los rasgos de la personalidad del chofer de bus, según los adornos y periquitos con que engalana su hábitat de  trabajo. Verá usted cosas curiosas. ¿A usted le gustaría saber qué piensa de la vida un chofer de bus, cuáles son sus fantasías sexuales y agresivas? Lea los letreros dentro del bus. No sonría ni se sonroje, porque podría usted delatarse ante los demás pasajeros.
¿Aspira el chofer a ser un hombre rico, que conduzca solamente por placer? Observe uno que otro emblema de un carro malibú classic o de un special edition.

¿Quisiera el chofer ser fuerte, ágil, violento, astuto, siempre alerta? Mire las calcomanías: un tigre de Bengala, un águila imperial, un caballo pura sangre, una culebra cascabel, un búho. ¿Gustará del licor? ¿Creerá en el más allá? Urnitas con tapa de cristal empotradas en la latonería se lo dirán. Allí verá un carrito en miniatura, una botellita de aguardiente extra, la Virgen del Carmen, un doliente crucifijo o todas ella juntas. ¿Es el chofer un hombre sensual?

Es posible que a manera de carpa de jeque árabe, la cabina esté recubierta de bellas colgaduras tejidas en lana virgen por delicadas manos femeninas o el techo esté recubierto de terciopelo para crear un ambiente íntimo y acogedor.

Con estas palabras, escritas por nuestro docente protagonista, también de origen paisa, se hayan visto retratados algunos de los personajes que por esas casualidades de la vida se habrán encontrado en situaciones similares a las expuestas.


Redacción: Gerardo Raynaud D.

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