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Históricos
La ciudad vista por un transeúnte
En el centro comercial Alejandría la mayoría de los negocios pertenecen a la colonia paisa, procedente del oriente antioqueño.
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La opinión
La Opinión
Sábado, 9 de Mayo de 2026

Gracias a la colaboración del profesor Néstor Aristizábal, docente de la Universidad Francisco de Paula Santander, me permito presentar a mis lectores, en una sucinta narración, las apreciaciones de un visitante a la ciudad fronteriza de nuestros afectos. Este cuento es narrado en su libro San José de Cúcuta, ciudad de frontera, una vuelta por la ciudad y sus alrededores. 

Este recuento, de una caminata por la localidad, constituye un retrato de los hechos y eventos que cualquier individuo, doméstico o foráneo, encuentra tradicionalmente en un recorrido habitual. No es ficción, sólo un fiel retrato de la vida diaria que se vive en esta ciudad y que refleja la idiosincrasia y personalidad del llamado “hombre de frontera”. 

Comienza la correría de un protagonista cualquier, digamos que un sábado a las ocho de la mañana, cuando se dirige al centro de la ciudad para lo cual toma uno de los taxis que usualmente transitan en busca de pasajeros. Para los locales, es indispensable preguntar, antes de iniciar el viaje, por el costo de la carrera, la que una vez aceptada se da comienzo al viaje. Este procedimiento es de rigor, puesto que los taxis no tienen el taxímetro o no lo utilizan en clara violación de las normas que lo exigen. 

Una vez llegado al centro, por los lados del parque Colón, dice nuestro amigo que “(…) cuando pasaba por allí alcancé a ver unos sujetos, al parecer habitantes de calle, que dormían plácidamente en la tarima, donde antiguamente la banda municipal daba conciertos los días de fiesta. Pero ahora era un dormitorio, con techo y sin paredes, al aire libre, en medio de un histórico parque, para quienes no tenían dónde más pasar la noche. Sin embargo, observé que uno de los huéspedes del improvisado dormitorio se abrigaba elegantemente con una sábana de colores claros, como si estuviera durmiendo en un hotel de dos estrellas. Pensé que debía ser algún viajero que decidió pasar la noche en el Hotel Palmeras como suelen llamarse este tipo de dormitorios de parque, o un habitante de calle que había venido a menos, y solamente le quedaba en su haber una sábana de fino lino”. 

Siguiendo su narración, nuestro personaje nos cuenta que “(…) cuando iba por la calle doce hacia la avenida quinta, me encontré con alguien que había sido mi alumno en la universidad unas cuantas décadas atrás. Entonces él era un hombre joven, bien vestido, sociable, conversador, entusiasta. Y ahora era un hombre avejentado antes de tiempo, mal vestido, que caminaba lento, apoyándose en un bastón y que no parecía ir a ninguna parte. Solamente deambulaba sin destino por el centro de ciudad. Nos saludamos brevemente y seguí mi camino, pensando qué había sido de este hombre, que ya decrépito a pesar de no haber llegado a la tercera edad, según parecía, caminando lentamente apoyado en su bastón.

En otra oportunidad que me lo había encontrado, justamente e la entrada de un banco, me había pedido dinero para comprarse algo de comida. Continué mi camino, pensando en la espiral de la vida, en la cual, a medida que pasa el tiempo, unos van para arriba y otros para abajo”. 

Continúa diciéndonos que “(…) en la avenida quinta el ambiente era de mucho movimiento. Algo así como una ciudad que, recién levantada en la mañana, se ponía en pie y comenzaba su febril actividad. Gente que caminaba, calle arriba y calle abajo, vendedores ambulantes, que iban y venían, vendedores de tinto y aguas aromáticas, empujando un carrito lleno de termos, vendedores estacionarios que comenzaba a sacar al andén una mesita y una silla para vender chance, minutos a celular. Otros iban con una especie de carpa enrollada que cargaban sobre la cabeza para instalar en el andén una venta estacionaria de anteojos deportivos, de lotería, de repuestos para electrodomésticos, de matacallos, de cinturones, de diademas y cintillas para el cabello, de pintura para las uñas, y otros aderezos para la vanidad femenina, estropajos para bañarse, estuches para documentos, etc., etc.”. 

Sigue contándonos que “(…) llegando a la calle novena, entré a una cafetería a tomarme un tinto, como suelo hacerlo cada día a media mañana. Y continué mi camino hacia mi destino, el Centro Comercial Alejandría. Cuando iba por la calle novena, vi a un hombre vestido de mariachi mexicano, de pies, apoyándose en una mesita, en la puerta de una venta de comida, saboreando una suculenta hayaca con una pequeña cucharita de plástico. Todo era desproporcionado: el tamaño de la hayaca, el tamaño de la cucharita, el tamaño del sombrero mexicano y la barriga del mariachi. Seguramente había estado la noche anterior cantando con otros mariachis, rancheras y corridos mexicanos para una audiencia pasada de licor, en alguno de los bebederos de cerveza que hay por esa calle. O había estado con su conjunto de mariachis dando una serenata por encargo de un hombre enamorado que quería cautivar a la mujer amada”. 

Sigue su relato: “(…) ya en el centro comercial Alejandría, en el primer negocio que pregunté por las pilas recargables y el cargador, las encontré a mitad de precio de lo que costaban en otros almacenes, fuera de Alejandría. Después del correspondiente regateo, -que están muy caras, que me deje todo en veinte mil, etc.- terminé comprándolas a sabiendas que estaba haciendo una buena compra. Como le pagué a la chica que me atendió con un billete de cincuenta mil pesos, ella tomó algo parecido a un marcador e hizo un círculo en el billete, según entendí para verificar, por si acaso, si el billete era legal o falso. Pasada la prueba, me dio la devuelta. No me extrañó que la jovencita que me atendió hablara con acento paisa.

En el centro comercial Alejandría la mayoría de los negocios pertenecen a la colonia paisa, procedente del oriente antioqueño, en particular de Granada y Santuario. Los negocios allí instalados tienen un régimen especial de impuestos de los llamados en Colombia San Andresitos. Pero la mercancía que traen, como muchas cosas en Colombia, parte se declara para pagar impuestos (legal) y parte no se declara (ilegal). El contrabando viene desde China, vía Venezuela o Panamá. Parte de la mercancía sigue para Medellín en camiones, con escoltas de avanzada, que van sobornando los controles de aduana que encuentran por el camino. Esto explica que haya un vuelo directo Cúcuta - Panamá – Cúcuta.

Continúa en la próxima entrega.

Redacción: Gerardo Raynaud D.

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