Al caer la noche se inicia la labor comunitaria de la familia Granados Hernández. Desde que empezó la crisis fronteriza, no han parado de cocinar para los repatriados.
Bajo la consigna de ayudar al más necesitado, unas 15 personas de esta misma familia y vecinos de Villa del Rosario y Cúcuta articulan esfuerzos para llevarles comida a las familias que recién cruzan el puente fronterizo.
“Las personas recién deportadas llegan desubicadas, maltratadas, cansadas y con hambre. Queremos que la primera impresión que tengan al pisar nuevamente su país sea buena”, explica Rosa Granados, una de las cocineras voluntarias.
Luego de pedir a amigos, vecinos y conocidos insumos para preparar la cena, la familia se reparte las tareas de pelar, cortar y cocinas los ingredientes del plato del día.
A eso de las 7:30 p.m. se instalan a las afueras de Migración Colombia con su olla solidaria. Niños y mujeres tienen la prioridad a la hora de recibir la comida. Cada noche entregan alrededor de 200 raciones gratuitas.
“Anoche nos quedaron faltando tres niños por comida. Hacemos lo que podemos pero es muy duro ver tan de cerca esta situación”, dijo Granados notoriamente conmovida.
Los primeros días de la crisis extendieron sus ayudas hasta el sector La Playa, donde se asentaron decenas de deportados que se negaban a dejar sus pertenencias al otro lado del río Táchira.
Con sus sopas, arroces, y arepas, les tratan de aliviar un poco su carga a los repatriados. Tras dos semanas de trabajo voluntario aseguran no haber perdido las ganas de ayudar a los colombianos afectados por la crisis fronteriza.
A eso de las 10:30 p.m. las ollas quedan vacías y estos voluntarios retornan cansados a sus casas mientras planean que plato ofrecerán al día siguiente. En el camino se reparten las tareas para conseguir el mercado para la comida y así no fallarles a sus amigos de la frontera.
