En medio de las crisis fronteriza, los niños en los albergues irradian alegría, optimismo y esperanza. Con sus sonrisas y sus incansables ganas de jugar, le inyectan energía y fuerza a sus padres para pasar el trago amargo de la deportación.
Crecieron entre Colombia y Venezuela sin conocer frontera alguna, entrando y saliendo a su antojo. Sin embargo, hoy no entienden porqué no pueden volver a casa.
Ellos sueñan con tener una casa de verdad; mientras esto pasa, juegan con los niños del cambuche vecino a acampar día y noche en los albergues.