Rubiela Loza preparó como de costumbre los 10 termos de café con los que a diario se gana la vida en La Parada.
Esta vez, su ruta fue distinta, al igual que su paga. No cruzó el puente ni visitó los puestos de cambios en busca de clientes, sino que se acercó hasta La Playa para ofrecerle un vaso de café a las personas que fueron deportadas.
“Yo fui damnificada en el 2005. El río se me metió a la casa y me quedé sin nada. Esta es mi forma de apoyar a esta gente: yo se lo que es perder todo”, dice mientras sirve otro vaso de café. Asegura que su paga es la sonrisa de sus semejantes.
Y es que el drama de las familias deportadas ha tocado el corazón de comerciantes, vecinos, fuerza pública, iglesias, fundaciones, entre otras, quienes han ido hasta las orillas del río para ofrecer su ayuda.
Unos ayudan a pasar hasta La Parada los muebles que están en la mitad de los matorrales, como lo ha hecho la Policía y el Ejército. Otros como Adalberto Ramírez, Jairo y Nataly Sánchez, ayudan con comida.
Mientras que Ramírez y colaboradores de la iglesia cristiana La Parada alistan los ingredientes para un sancocho comunal, el comerciante Alejandro García atiza otro fogón para ese mismo fin.
“Estamos tendiéndole la mano a nuestros compatriotas, esta situación nos afecta a todos”, dijo García.
Los Sánchez entregaron panes y refrescos en la mañana y en la noche llevaron más porciones de comida.
Por su parte, los vecinos del río le cedieron temporalmente parte de sus casas a los deportados para que armaran su cambuches;estos a su vez se agruparon entre varios para compartir una colchoneta y un techo de plástico.
La ola de solidaridad también tocó a las mascotas. La Fundación Mi Mejor Amigo llegó a La Parada con comida para perros y gatos. Su misión, orientar a las personas para que no abandonen a sus mascotas.
