Balde en mano entra Allith Callejas a los camerinos del coliseo de la Universidad Francisco de Paula Santander. Nunca antes había visitado este espacio, y se acomoda para lavar en el lavamanos la única ropa que tiene.
Llegó al nuevo albergue el lunes en la tarde y se instaló con su familia en una carpa a la espera de una solución contundente a su situación. Mientras cuelga la ropa para que se seque, empieza a recordar con sus vecinos la manera cómo tuvo que dejar su casa en San Antonio de Táchira.
“A ver, mija, usted lo que necesita es psicólogo, supérelo ya”, le dice una de sus nuevas vecinas, y suelta una carcajada. Callejas la mira, sonríe, y retoma su historia. Esta vez hace hincapié en los detalles más graciosos de su triste historia.
“Cuando llegó la Guardia Nacional Bolivariana a botarme todo, yo los miraba y me provocaba regañarlos. Siempre peleo con mis hijos por el orden y estos me revolcaron todo y se fueron”, apunta sin parar de reír.
“Pero, peor yo, que cuando tocó salir corriendo porque venía la Guardia solo se me ocurrió echarme al hombro una bombona. Ni ropa saqué, al cruzar el río caí en cuenta que para que me iba a servir esa vaina”, dice otra.
Jairo Jaimes interrumpe a sus vecinas y acota: “Y a mí que me tocó sobrevivir tres días a punta de maduro, porque estaba encerrado para que la Guardia no me sacara...”
En el albergue aprendieron a reírse un poco de su tragedia y sonreírles, según ellos, a las malas pasadas del destino. Ya no quieren lamentarse más, sino seguir adelante y empezar de nuevo en su terruño.
“¡Cómo es la vida! Yo me fui de Colombia a Venezuela desplazado por la violencia, y me devolví porque otro vez la violencia me tocó la puerta”, dice Jaimes seriamente. La hora de la risa terminó.
En esta pequeña vecindad, que no lleva más de dos días, todos se conocen. Unos eran del mismo barrio en San Antonio de Táchira, y volvieron a ser vecinos en los albergues, y otros se conocieron en la mitad del río Táchira o del Puente Internacional Simón Bolívar, en medio de la misma tragedia.
Las mujeres decidieron trazar las reglas del juego en el albergue. Por grupos se encargan de recoger basura y limpiar los baños. A la hora de la comida están pendientes de que nada les falte ni a sus hijos ni a nadie.
Al llegar, además de colchonetas y carpa, cada familia recibe un kit de aseo con cepillos de dientes, crema dental, toallas higiénicas, pañales, jabón de baño y de lavar, y papel higiénico.
Un rato de entretenimiento
Un viejo televisor que Francisco logró salvar atravesando el Táchira es el único entretenimiento en la vecindad de los repatriados. A la hora de las noticias, todos se arruman frente a él para saber qué pasó con sus vecinos y familiares.
Mientras los adultos hacen fila frente al televisor, los niños juegan un partido de fútbol en medio de las carpas. Para ellos, esta situación les ha permitido conocer más niños y acampar todo el día.
A un extremo de la cancha, otro grupo de niños juega a pintar en una gran cartelera su hogar ideal. Dibujos de casas y familias sonrientes sobresalen en medio de esta situación fronteriza.
“A mí me gusta acá, podemos jugar todo el día, pero extraño ir a clase”, confiesa Juan Esteban, 8 años.
Pese a que el gobierno prometió transporte escolar para los niños repatriados, los buses no han llegado a todos los albergues. En el de la UFPS, por ejemplo, solo van a clase los que tienen para pagar el transporte.
“Mis hijos estudian en Villa del Rosario y se fueron a clase en un bus de la Policía; para regresar tuvieron que venirse a pie con el papá... Hoy no irán, porque no hay para los transportes”, dijo Xiomara López, una deportada.
