No se puede precisar cuando comenzó, lo cual no importa tanto como tener al menos la sospecha de que el mundo pueda estar tranquilo cuando por fin acabe el peligroso y desagradable show mediático de Donald Trump en la Casa Blanca.
El sábado pasado cumplió un año como inesperado presidente de Estados Unidos, lapso suficiente para poner al mundo a cavilar sobre lo que, en cualquier momento, puede sacarlo de su precario equilibrio político y ponerlo en apuros.
Puede bastar una simple frase en un momento inoportuno, como la de los huecos de mierda como llamó a Haití, el Salvador y los países africanos, con pocas posibilidades de revirar como se debe, para que Europa o Asia se planten de igual a igual y exijan no solo respeto sino el fin del espectáculo de vodevil de parroquia.
A la economía estadounidense le ha ido bien, pero no por obra de Trump, sino como consecuencia de lo que le dejó Barack Obama como herencia, y en esto coinciden los analistas alrededor del mundo.
En este capo, las propuestas de Trump no se han cumplido, pues nadie sabe dónde están los primeros empleos nuevos del millón que prometió crear.
Una buena referencia es el premio Nobel de economía Robert Shiller (2013), para quien Trump ‘está haciendo las cosas mal si pretende aumentar la productividad del país. Ya teníamos ocupación completa, básicamente, así que para aumentar la producción aún más se requerirá de cosas como el progreso tecnológico. Y para fomentarlo se debe invertir más en investigaciones científicas y se debe abrir las puertas a científicos de otros países”.
Pero Trump las está cerrando con su política migratoria xenofóbica y racista.
En lo político, tiene peleas casadas con México (un vecino muy peligroso y decidido), Irán, Rusia, Corea, Cuba, Venezuela, Palestina y los países musulmanes, peleas que le pueden complicar la vida si continúa dando rienda suelta a su soberbia.
En casa, las mujeres (que marcharon el sábado en todo el país), los hispanos, los negros, los pobres, los viejos que ya no tienen seguridad social, los estudiantes amparados por el Daca, los gais, sus agentes secretos y sus espías, en fin, todas las minorías, no dan tregua ni en sus acciones ni en sus protestas. Él, tampoco.
Esto, sin hablar del combate a muerte con la prensa, que se niega a doblegarse a su capricho, y de la batalla con los demócratas, que por ahora mantiene paralizada la administración pública. Se calcula que unos 100 mil funcionarios públicos están estos días en casa, mientras el Congreso aprueba el nuevo presupuesto.
Es tan absurdo esto: la primera potencia mundial, paralizada en su gobierno, porque no hay acuerdo entre republicanos soberbios y triunfalistas y demócratas ofendidos y humillados, para decidir el presupuesto para que el gobierno funcione.
Pero a esa situación se ha llegado por la actitud del presidente de considerar que él es el Estado y que puede actuar como le parezca. Tan poca era su experiencia en el manejo de la cosa pública, que para algunos causa asombro que aún esté en su silla.
Este sainete lleva un año. ¿Durará otros tres, en medio de tanto escándalo y desacierto, en medio de tantas equivocaciones de todo tipo, en medio de tanta ignorancia sobre cómo funcionan los Estados y el mundo? Muchos lo dudan.
