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Editorial
Tragedia silenciada
Según feministos y feministas, Peñalosa se había olvidado de todas.
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La opinión
La Opinión
Martes, 19 de Diciembre de 2017

Los feministos y las feministas de Colombia deben estar embriagados de la felicidad que quizás se desprenda del hecho de que un juez ordenó, como pidieron, que el alcalde de Bogotá cambie el eslogan de su gobierno por Bogotá mejor para todos y todas. Según feministos y feministas, Peñalosa se había olvidado de todas.

La referencia al episodio no es para quedarnos, ni más faltaría, divagando en torno de un tema que para los demandantes y las demandantas puede significar emociones quizás orgásmicas, pese a lo idiota de un asunto que ni han querido ni han podido superar estos nuevos lingüistas.

Pretendemos ir mucho más allá, a aspectos fundamentalísimos que incluso ya escandalizan a una sociedad tan machista como la nuestra, pero que ni siquiera han sido tocados ni de pasada por nuestras activistas y nuestros activistos, porque la cuerda que tienen atada al cuello empezaría a apretarlos inexorable y fatalmente.

Hablamos de Vanessa García y de Sara Morales, de quienes estamos seguros nuestros nuevos lingüistos y lingüistas ignoran de manera absoluta todo, a pesar de que con sus recientes denuncias tienen conmovida hasta el tuétano a Colombia. Las dos son apenas los botones de muestra del catálogo de combatientes de las Farc masacradas sexualmente por sus comandantes y comandantas.

Porque la infamia que durante casi 60 años de guerra hicieron las Farc con las guerrilleras —y quizás con guerrilleros— fue un eterno rosario de las peores ofensas sexuales que se pueden intentar contra alguien. Y gracias a la Corporación Rosa Banca hoy se tienen pruebas irrefutables contra comandantes y comandantas de las Farc, por lo que hicieron con sus víctimas sexuales..

Todo comenzaba con el secuestro de las niñas (11, 12 años) en las escuelas de las zonas de Guerra, y su sometimiento arbitrario a procesos de educación revolucionaria y de adaptación y adecuación para la guerra.

Según los relatos públicos de las víctimas, luego era el calvario sexual: las chicas eran violadas por su comandante de escuadra, por el de guerrilla, por el de compañía, y así, sucesivamente, hasta que les tocaba el turno a los jefes de bloque, y todo, con el conocimiento y el consentimiento tácito de todos. Y entre estos todos están, obviamente, Timochenko y sus camaradas asesores como Félix Antonio Muños Lascarro o ‘Pastor Alape’, y Judith ‘Victoria Sandino’ Simanca Herrera.

Las víctimas de la guerra, en este caso, eran las propias guerrilleras de las Farc, violadas de forma sistemática incluso por la llegada o la ida de un jefe, o porque las trasladaban: despedida y recibimiento eran lo mismo; violación segura.

Pero, claro, de esto no hablan los nuevos defensores de los derechos humanos ni el congresista del Polo Democrático Alternativo Alirio Uribe, promotor del ‘todas’ del eslogan de la alcaldía de Bogotá.

No les conviene enfrentarse a sus camaradas de tantas cosas.

Ellos se sienten felices de que una palabra estúpida haya llevado a un juez a ordenar una aberración. Para nada les llama la atención rechazar y protestar contra tantos vejámenes de las Farc, porque unos y otros se parecen en muchas cosas.

Especialmente en escamotear la realidad.

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