Mientras el trastrueque de conceptos sobre lo que significan los principios y los valores en una sociedad como la colombiana, la corrupción seguirá ganando la carrera en el campo de la honradez y de la ética.
El problema de fondo es que una cultura de lo ilegal se ha impuesto en todos los sectores sociales, porque el atractivo de la riqueza es tan poderoso que ya logró que la sociedad olvide los reparos de antes respecto de cómo se obtienen los bienes.
Y en Colombia, con uno de los siete más altos índices de desigualdad en todo el mundo, el afán de riqueza, sin importar cómo se consigue, es razón suficiente para que los ciudadanos consideren hoy que ser pobre es causa de una sanción social mayor que haber obtenido riqueza a través de la corrupción.
Hay, sin embargo, una comprensión difusa de la corrupción y del corrupto, a los que se mira desde el punto de vista de la apropiación de recursos físicos del Estado, por ejemplo. En realidad, corrupto no es solo el que roba lo público, sino el que transgrede las normas legales y los principios éticos.
Pero, como fenómeno creciente, y hasta ahora incontenible, la corrupción en Colombia se asocia con la apropiación de los recursos ajenos, especialmente los de uso público, para beneficio de unos pocos, de ordinario políticos y burócratas. Por esto, no es posible esperar que un cambio hacia la transparencia tenga origen en la actividad de políticos, por muy determinados que estén a lograr que la corrupción pase a la historia. Su entorno se lo impedirá.
Esta es parte de la razón para que la lucha contra los corruptos no pueda ser bandera electoral, como se pretende estos días en Colombia. Otra parte, la más importante, tiene que ver con la iniciativa ciudadana, casi imposible por ahora, pues es en ella donde se han trastrocado los valores, los principios, los conceptos…
Por esto es que los episodios denunciados en los últimos días en torno de los actos de corrupción con los dineros de la posguerra no han causado el impacto ni generado el rechazo que se esperan de una sociedad que, por tolerante con el delito organizado desde instancias del Gobierno, está a punto de volver a la noche oscura de la guerra.
¿Cómo esperar que los ciudadanos rechacen que los burócratas roben los recursos del Estado, si es con ellos que les pagan a los electores sus votos, y a los demás, los favores electorales?
Pues que sepan todos esos ciudadanos que pocas veces antes la paz había estado en mayor riesgo que ahora, por razón de la corrupción y los corruptos, que ya habían incluso repartido el presupuesto de los contratos.
Mientras en la intimidad del hogar, ante los hijos, se elogie la gran viveza del corrupto y se acepte el criterio de que ser pobre es causa de sanción social, todo lo que se pretenda hacer por rescatar la ética chocará contra muros más duros que el granito. En tanto se crea que el mejor político es el que mejores tretas despliega en busca del erario, pensar en la transparencia del sector público no dejará de ser una simple utopía.
Hay que hacer algo ya, de inmediato, ¿pero qué? ¿Alguien tiene una idea?
