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Editorial
Reino de sombras
El gobernante no puede argumentar que lo que oculta está revestido con el ropaje de las buenas intenciones, de ética y de corrección.
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La opinión
La Opinión
Jueves, 15 de Marzo de 2018

Nada más sospechoso que todo lo que un gobernante hace a espaldas de la gente, en la oscuridad de las espesas cortinas de su despacho, tras de las gruesas puertas de los conciliábulos, allí donde nadie más tiene posibilidad de enterarse.

Actuar así es aniquilar la transparencia de los actos públicos, y deja muchas sombras, sobre que lo que se propone, sea de utilidad general para la ciudad.  

El gobernante no puede argumentar que lo que oculta está revestido con el ropaje de las buenas intenciones, de ética y de corrección, pues, entonces, ¿para qué esconderlo, entonces, por qué y para qué pretender que nadie se entere?

Quien así actúa, como últimamente en el municipio, ignora que no hay cosa escondida que con el tiempo no sea bien sabida. Que confíe en que pasará mucho tiempo antes de que se sepa, es otra cosa, muy probable. Pero, al final, se sabrá.

En las últimas semanas, el débil Concejo local con razón se ha quejado —es lo más notorio que hace como coadministrador de la ciudad y vocero de los intereses ciudadanos, aunque con voz queda, para no molestar, porque por alguna razón ignora sus posibilidades y obligaciones legales— de que los principales proyectos de la Alcaldía le son desconocidos en los detalles. Y es en los detalles donde están Dios o el diablo…

Primero fue lo relacionado con el cobro de la contribución de Valorización. Hubo un acuerdo para que el Fondo de Valorización informara a todos los propietarios sobre lo que les cobrarían, que no sería más allá de 3,2 por ciento del avalúo catastral de cada predio, y que el cobro se hiciera cuando las obras ya estuvieran construidas.

Pues, no fue así. Comenzó el cobro sin informarle al contribuyente, más allá del porcentaje acordado, y con las obras sin construir. Hubo necesidad de nuevo acuerdo entre el Fondo y el Concejo, pero quedó en algunos el sabor ácido de que una de las partes incumplió.

Antes, papás y estudiantes hicieron frenar un proyecto que busca fusionar algunos colegios y que, al parecer, tiene como trasfondo la posibilidad de vender al menos una sede para construir un centro comercial, según rumores callejeros. El hecho es que esa fusión era desconocida por la ciudad.

Luego fue el problema del Policlínico de Atalaya, del que el Concejo dijo no tener idea de lo que ocurría, y la Alcaldía dejó en claro que tampoco sabía, que, al parecer, había sido todo resultado de un exceso de diligencia de una funcionaria, que otorgó una licitación a espaldas de todos.

Desde luego, nadie creyó y, por el contrario, toda la ciudad espera el día en que comience la privatización del sistema de salud municipal, como testigos dicen que ordenaron perentoriamente tras bambalinas.

Después, el turno fue para la concesión del tránsito, que cumple hoy 74 días sin comenzar a trabajar. El Concejo estaba convencido, como la opinión pública, de que en el primer año de la concesión habría renovación de la red semafórica de hoy y, además, la instalación de nuevos semáforos.

Pero, el lunes, en un control político, se supo que la verdad es diferente: los semáforos serán instalados en cinco años. Y punto. Sin derecho a preguntar. Así son las cosas en el reino de las sombras. Y el pliego aprobado con las condiciones de la concesión, ¿nadie lo vio? ¿O lo cambiaron?

¿Será que esta vez el alcalde sí tiene algo para decir al respecto? ¿O el Concejo?

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