¿Cómo sería la situación si, en vez de ser la ciudad intermedia que es, Cúcuta fuera una metrópoli? ¿Cuánto tardarían las autoridades municipales en reaccionar para enfrentar problemas simples y solucionarlos? Eternidades, por lo visto…
Y lo visto es que la autoridad aquí reacciona con lentitud de paquidermos, es decir, como si fuera un enorme elefante que no puede moverse con la presteza que se necesita, y esto es una característica de todo nuestro estado y no solamente en Cúcuta, aunque hay excepciones. Todas las soluciones que se proponen pasan por una larga etapa en la que se tolera que el problema continúe, hasta cuando una solución es imposible. Y entonces no hay solución.
¿Cuántas veces se ha planteado la necesidad de limpiar las calles, no solo del centro sino de toda la ciudad, de vendedores ambulantes y estacionarios de todo lo vendible, que actúan ilegalmente; de pimpineros, que venden combustibles ilegales, y de dueños de calles, que se han apropiado de ellas de manera ilegal?
Muchas, hay que admitirlo. Y también reconocer que por muchos años se han intentado diferentes soluciones sin éxito. Y no ha pasado nada. Cada vez hay más de unos y de otros, incluso en el parque Santander, el principal de Cúcuta, en uno de cuyos costados está la sede de la Alcaldía.
Pero si las autoridades municipales no actúan, la Justicia tampoco, pues no echa mano de los mecanismos legales y constitucionales para hacerse respetar.
El argumento de que los vendedores no quieren que los reubiquen en lugares que los concentren, tras del cual se escudan las autoridades, no tiene asidero alguno: la ley dice que tienen que dejar las calles, y autoriza a los alcaldes para hacer cumplir lo dispuesto. Son ellos quienes administran el poder del Estado en los municipios, pero saber que el poder es para poder, solo es válido para ellos cuando se trata de favorecer intereses partidistas y electorales.
¿Desde cuándo comenzaron a formarse grupos de inmigrantes venezolanos en las calles adyacentes a las casas de giros? Hace muchos meses. Años, incluso. Y pese a todos los problemas que las aglomeraciones generan, tanto para quienes se congregan allí como para los cucuteños, no hay solución.
Y día tras día, verdaderas muchedumbres pasan el día allí, al sol y al agua, sin baños cerca —a propósito, ¿las casas de giros y otros locales comerciales de la ciudad disponen de baños, como lo ordenan las normas legales?—, esperando que los atiendan en un lugar donde hacen muy buenos negocios y grandes utilidades.
A lo máximo que se ha llegado es a plantear la misma fórmula maestra que se usa para todo: otorgar plazos que luego son ampliados a gusto de quienes deben solucionar el problema. Y así, de plazo en plazo, la costumbre va haciendo ley.
La autoridad falla desde el comienzo, desde cuando ve el primer grupo, chico, y nada hace. Luego falla cuando en vez de hacer sentir el peso de la ley, otorga plazo tras plazo, sin que haya sanciones.
Cuando la situación se hace insoportable, amenaza con cierres, y para que le crean, cierra uno o dos negocios. Pero posteriormente con argumentos jurídicos o no, los reabren, y todo vuelve a quedar como estaba.
Sin duda, Cúcuta es una ciudad con autoridades que creen que alargar el problema es intentar solucionarlo por cansancio…
