Llegará a Bogotá el martes en la noche, y por fortuna se irá al día siguiente. Por fortuna, porque, para ser sinceros, además de hablar de coca y cocales, y cómo colaborarle a Estados Unidos en sacar a Nicolás Maduro (y echar mano al petróleo) y quitar tiempo de trabajo, nada positivo dejará Rex Tillerson, el ninguneado y muy despistado secretario de Estado de Donald Trump.
Ninguneado, porque Trump lo va a sacar pronto, y despistado, porque recién hace dos días se dio cuenta de que América Latina existe, y que ya no le para bolas, como antes, a Washington.
Tiene esta región otros socios y amigos, en especial, a partir del mínimo detalle de Trump de ignorar a estos países todo un año, salvo para amenazar a México, a Colombia y a Venezuela, y llamar hoyos de mierda a Haití y El Salvador.
(La cortesía latinoamericana, de la que nada saben en Washington, dice que antes que a nadie, el recién llegado debe saludar a sus vecinos…)
Durante este año, ‘nuevas potencias imperiales’, como Tillerson se refirió a China y Rusia —esto significa que admite que su país es, también, un imperio, no tan nuevo, pero imperio— intensificaron al máximo sus relaciones con los países al sur del río Bravo. Obvio, aprovecharon la oportunidad. Esa es la geopolítica…
Entre coca, cocales y narcotráfico, en su charla con el presidente Santos, míster Tillerson dejará caer, de nuevo, la amenaza de la descertificación que ya bramó Trump, y la de no girar más dinero de ayuda a los países que envían drogas a Estados Unidos.
Y dirá que su relación con China a Colombia le ‘supone ganancias a corto plazo a cambio de una dependencia a largo plazo’. Es el discurso que pronuncia en cada escala de su actual gira.
Será una excelente oportunidad para que Santos le replique que al menos con China hay las ganancias que nunca le ha dejado su relación de 200 años con Estados Unidos. Pero, probablemente, Santos no lo haga.
El problema para Washington es que la influencia china en Latinoamérica, por el descuido de la Casa Blanca, es incuestionable, al menos en términos que interesan mucho a Trump: el comercio bilateral entre la región y el monstruo asiático supera los 200.000 millones de dólares al año, gracias a la compraventa de materias primas.
Y mientras Trump insiste en construir un muro que separe a su país de México —que en realidad es separar a toda Latinoamérica—, aislar a su país con un muro, el presidente chino, Xi Linping, ofrece todos los recursos necesarios para su nueva Ruta de la Seda, el megaproyecto de interconexión global, que recibió el respaldo de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) hace dos semanas en Chile.
Y algo similar, aunque en menor escala económica, pero sí política, ocurre con la presencia rusa. Por ahora, vende armas a Venezuela, le hace préstamos, y mima a ese gobierno, una manera de decir que está dispuesto a lo mismo con los demás.
El presidente Santos, con sus modales ingleses, será amable con Tillerson, pero se dará sus trazas para preguntarle, además de los regaños, ‘¿qué otra cosa lo trae por acá, míster Tillerson?’.
