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Editorial
¿Qué celebrar?
¿Qué se puede celebrar en Cúcuta en un día como el de hoy, festivo en todo el mundo? Muy poco, casi nada en lo referente a los trabajadores.
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La opinión
La Opinión
Lunes, 30 de Abril de 2018

Uno de cada cinco cucuteños en edad de trabajar (a partir de los 15 años), está desempleado. Y de los otros cuatro, uno tiene empleo; los tres restantes están en la informalidad, es decir, escasamente pueden sobreaguar en el tormentoso océano del rebusque, que en el caso de Cúcuta casi siempre significa contrabando.

En esas circunstancias lamentables, ¿qué se puede celebrar en Cúcuta en un día como el de hoy, feriado y festivo en todo el mundo? Muy poco, casi nada en lo referente a los trabajadores.

Es, en verdad, un día triste para los trabajadores locales, para quienes las dificultades de emplearse se han multiplicado en la medida en que cada día llegan centenares de venezolanos deseosos de ocuparse en lo que sea, por el pago que los inescrupulosos patronos que los contratan, que abundan, les quieran dar.

Y si ese extranjero no acepta, detrás de cada puesto de trabajo vacante hay otros extranjeros esperando por la oportunidad rechazada.

Así, mientras en la mayoría de los países los trabajadores disfrutan hoy de su fiesta institucional, en nuestra región se enfrenta una de las peores crisis de la endeble economía fronteriza.

Las estadísticas oficiales dicen que en la ciudad hay 78.417 desocupados, pero, la verdad, pueden ser muchos más, si se tiene en cuenta que las mediciones son difícilmente precisas, precisamente por el mimetismo entre la informalidad y la vacancia.

Alguien que en la puerta de su casa vende tres o cuatro pasteles al día, para ganar cualquier peso, es registrado como un trabajador informal. ¿Pero sí lo es? En tales condiciones, según las mediciones gubernamentales, hay unos 231.076 trabajadores informales.

Estos días, mientras en Europa, por ejemplo, los trabajadores presionan en busca de reducir la semana laboral a 33 horas, como es en Francia, y para que el salario promedio se acerque a los 3.900 dólares mensuales, como en Holanda, en Cúcuta, patronos y trabajadores claman al gobierno por medidas de excepción que les permita, a unos y otros, destrabar la economía local.

Desde luego, en esa situación impactan algunas realidades que tienen que ver con la idiosincrasia local. Vivir desde siempre al difícil vaivén de las relaciones del comercio fronterizo y su alto contenido delictivo, que de algún modo impide el desarrollo industrial local, es un viejo pecado irredento, tolerado por todos, pues forma parte de la cultura de la ilegalidad de la que se apropiaron los ciudadanos.

La situación de Cúcuta contrasta considerablemente con la que la ministra del Trabajo, Griselda Restrepo, resumió de Colombia: “Es grato para el país tener evidencia de mejoría en el indicador de desempleo”, dijo hace dos días. “Desde el Ministerio celebramos que mantenemos este indicador en un dígito (9,4 por ciento) y seguimos empeñados en esta causa, por eso estamos revisando con Alcaldes y Gobernadores desde las regiones y apoyando la dinamización del empleo a través de proyectos que se ejecutan con recursos de regalías”.

Palabras que, desde luego, en Norte de Santander no se entienden.

La ministra habla en otro idioma, o para un país muy distante de Cúcuta.

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