La idea de impedir que al menos por un día las ciudades están libres de autos y motos conlleva una sana intención: la de entregarles a los habitantes la posibilidad de que el aire que respiran esté un poco más limpio que de costumbre.
Además, una decisión en el sentido de paralizar la movilidad para mejorar algo el medioambiente obedece a estudios serios y motivados, no a caprichos o a actitudes que revelan solo el deseo de salirle al paso a un compromiso que el planeta asume y defiende cada vez con mayor ahínco y determinación. Tampoco es una simple moda.
El supuesto elemental es que una jornada así se programa, precisamente, para uno de los días llamados normales en materia de movilidad, es decir, cuando la calle está llena de autos y motos y el ambiente recibiendo el impacto de la contaminación, y el objetivo es crear conciencia ambiental y cultura ciudadana.
No tiene sentido inmovilizar los vehículos impulsados por combustibles fósiles solo porque en todas las ciudades del mundo lo hacen por lo menos un día al año, o en ocasiones en las que la medida es absolutamente inútil o por afán de notoriedad de la autoridad que toma la decisión…
Así, por ejemplo, programar el día sin carro para el Viernes Santo, tal como en Cúcuta, carece de lógica, porque sin la medida, ese día es cuando menos carros hay en las calles de la ciudad. Es una decisión equiparable a decretar oficialmente festivos el 25 de diciembre o el 1 de enero y ordenar que no haya jornada laboral. Si un día es equivocado para la jornada sin carros y sin motos es el Viernes Santo, y más en Cúcuta en temporada de lluvias: es una ciudad muerta.
El de Cúcuta ha sido, en los dos últimos años, un día sin carro muy particular, fundamentado además, como alguien desde el Gobierno lo señaló, en razones de tipo cristiano, algo a lo que se oponen el carácter laico del Estado y la propia Constitución, en un país como este en el que cada día hay más ateos o, por lo menos, agnósticos, y donde hay miles de personas de otras iglesias y formas de pensar y de creer.
El espíritu de la campaña mundial busca establecer el peor día de la semana para el medioambiente, y con base en ello detener el tráfico, para luego comparar el impacto de la medida. No es, como se pretende en Cali, buscar el día más quieto del año, el de menos contaminación por los carros y las motos, y oficializarlo como parte de la aspiración universal de no respirar gases venenosos.
Actuar así es una burla a la campaña mundial de mejorar el medioambiente, una afrenta a los ambientalistas y a la esperanza de las personas de tener un respiro en su envenenamiento diario, y una forma de eludir compromisos con el ser humano y con el mundo que dejaremos de herencia.
Es, además, una expresión de soberbia y de autoritarismo, porque, a pesar de que la norma lo exige, acá no se hicieron mediciones de ninguna naturaleza.
Un día sin carro debe ser cualquiera normal de la semana, cuando las busetas que las autoridades toleran queman miles de galones de combustibles en sus viejos motores contaminantes, cuando todos los vendedores ambulantes están en las calles haciendo escándalo intolerable, cuando de verdad vale la pena ordenar inmovilidad.
