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Editorial
Negocios y diplomacia
El hecho es que Kim Jong-U tiene hoy toda la iniciativa y en la reunión de fines de mayo decidirá, con un gesto simple, el futuro de Trump.
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La opinión
La Opinión
Miércoles, 28 de Marzo de 2018

Donald Trump puede ser un campeón en materia de negocios —algo que, sin embargo, muchos ponen en duda—, pero en asuntos de diplomacia está lejos de dejar el pupitre de la escuela elemental.

Hasta personajes de los que el mundo se ríe, como el presidente de Corea del Norte, Kim Jong-Un, le dan lecciones avanzadas de cómo se manejan las relaciones exteriores de un país. Y son lecciones gratuitas.

Con su proyecto balístico y atómico —demostrado con suficiencia— el huraño Kim recalentó la península de Corea hasta límites que llamaron la atención incluso del despistado Trump, que reaccionó elevando a nivel de bravuconada el reconocido lenguaje diplomático de la Casa Blanca.

Calculando cada paso, Kim insistió en su programa, y cada vez demostró un mayor avance en el alcance de su cohetería y en su desconocido proyecto atómico, con pruebas subterráneas que detectaron los sismógrafos alrededor del planeta.

Estados Unidos desplazó tropas a las cercanías de Corea del Sur, su aliado más o menos incondicional en la zona, pero, en definitiva, su mejor amigo, y habló de eventuales posibilidades bélicas si Kim no desistía de jugar con fuego.

Entonces vino la primera lección: todo es posible si se apela a lazos familiares.

Una mañana, con cierto desdén bien calculado, Kim admitió la posibilidad de que Corea sea una sola, algo impensable entre dos países en guerra virtual desde hace 70 años, y para mostrar cierta seriedad, anunció que sus atletas desfilarían junto a los de su hermano-enemigo, bajo la bandera azul de la reunificación. Y así ocurrió hace un mes en Pyeongchang, Corea del Sur. Incluso, el equipo femenino de hockey estuvo integrado por jugadoras de ambos países.

Trump debió rechinar sus dientes: se había quedado sin su mejor amigo en esa parte del mundo… y sin su peor enemigo.

Desde Seúl (sur), una voz oficial dijo en voz baja, pero audible, que quizás ya no era necesario el despliegue de tropas estadounidenses por el vecindario, y que lo mejor era enfriarlo todo. Así, Kim logró puntos de oro: alimentar el espíritu de una sola Corea, aminorar el creciente ruido del aparato militar y preparar el terreno para otra sorpresa.

Vino la segunda lección: el que habla primero obliga al otro a lo que sea. 

Con callada mediación china, sin duda, Kim logró hacer llegar hasta la oficina de Trump una invitación, a la vez un reto: reunámonos y dialoguemos de paz y del desarme atómico en la península. Tump debió cerrar la boca, para no mostrar los dientes, y tuvo que aceptar.

Y hubo la tercera lección: camarón que se duerme se lo lleva la corriente.

El fin de semana, en absoluto secreto, Kim cruzó la frontera con China y fue en tren hasta Beijing, donde estuvo tres días con Xi Jingpin, hoy, el hombre con el mayor poder del globo, y distanciado de Trump, con quien se ha reunido dos veces.

No es difícil adivinar de quién y de qué hablaron.

El hecho es que Kim ‘Pequeño hombre cohete’ Jong-Un, como lo llama Trump, tiene hoy toda la iniciativa, y en la reunión de fines de mayo decidirá, con un gesto simple, el futuro del ‘anciano lunático embaucador’, como el coreano le dice a Trump. Ambos jugarán a la negociación diplomática de largo aliento. Solo que a Trump, realmente, parece quedarle poco tiempo en el cargo. Y a Kim le sobra.

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