De ordinario, en Colombia las universidades viven de espaldas a la realidad de su entorno, no son la respuesta esperada de ellas por parte de la sociedad, es como si no existieran o como si fueran entes que pueden existir o no y nada pasaría.
A veces, muy pocas, por cierto, la universidad se acerca, tímida e indecisa, a la comunidad que la sostiene, con el ánimo, poco firme, de contribuir de alguna manera, a la búsqueda de respuestas y soluciones para los problemas regionales.
Estudiantes y maestros entran en una especie de convicción según la cual el mundo limita su existencia a todo lo que sucede en las aulas y en el campus de la universidad. Para ellos, nada existe más allá de las aulas, aunque de allá vengan los recursos para que funcione…
Hay que entender que la universidad es hija de su sociedad, y nunca es lo contrario, y que, por lo mismo, aquella se debe a todos, incluido el último de todos los habitantes, de todos los nortesantandereanos.
Esta vez ocurrió una de esas excepcionales situaciones con la Universidad Francisco de Paula Santander y los 40 municipios nortesantandereanos en relación con la grave inestabilidad climática que nos está causando muy serios problemas.
Ahora, con base en un estudio muy detallado de la Ufps, es posible evitar la tragedia en cada pueblo, cuando llueve demasiado o el sol lo recaliente todo. Sin la universidad, aún no hubiéramos descubierto que los días de calor extremo son hoy seis veces más frecuentes que en los años 80. Antes, los días en que la temperatura era de 36 grados centígrados, eran 5; hoy son 30.
Tampoco hubiéramos sabido con claridad que las lluvias han cambiado con igual intensidad que el infierno de los días soleados, y que una y otra situaciones se traducen en problemas para todos, en especial para los habitantes de las zonas de menos recursos tecnológicos.
Ahora, con esos datos, todos los municipios de Norte de Santander pueden prever, aunque sea de manera parcial, la ocurrencia de las trágicas inundaciones por el invierno y de las agostadoras sequías cíclicas.
Las dos universidades nortesantandereanas deberían disputarse el honor de ser, cada una, la que más servicios presta a la comunidad, la que más beneficios le devuelve, la más comprometida con sus necesidades y su desarrollo. Pero no es así, o no ha sido así, lamentablemente. Sus aportes han sido esporádicos.
Ojalá el estudio del clima sea el comienzo de una contribución permanente, en todos los campos, al mejoramiento de las condiciones de vida del departamento, tan necesitado como está de ellas.
Esta es apenas una sugerencia, pero, ¿qué tal si las dos universidades, como si fueran una, enfocan sus esfuerzos en darle a la región un completo mecanismo para enfrentar, por ejemplo, la permanente sismicidad? ¿O para ver la manera de proteger el bosque seco tropical, o para darle un mejor manejo a todo lo relativo con la inmigración, o para erradicar los cocales sin el enorme riesgo que genera el glifosato? Solo inténtenlo.
