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Editorial
Los medios y el senador
Está el señor Uribe, desde luego, en total libertad de renunciar a lo que sea… pero, también, en libertad de reversar sus decisiones.
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Miércoles, 1 de Agosto de 2018

Por estos días, el papel de los medios de comunicación está en remojo ante la opinión pública, confundida por episodios contradictorios de la política, en los que el periodismo se ha visto involucrado por razón de lo que le corresponde hacer: informar con neutralidad, oportunidad, profesionalismo, y sin equívocos, de lo que ocurre en la sociedad.

¿De todo lo que ocurre? Realmente, no, solo de aquello que, en concepto de los periodistas —y los medios—, merece ser informado a sus lectores y audiencias.

La reflexión viene a cuento como consecuencia de las contradictorias y, sí, caprichosas informaciones suministradas por el senador Álvaro Uribe, en torno de la renuncia que prometió, a su investidura como congresista.

Es un personaje público y, por lo mismo, a gran parte de los colombianos le interesa tener información fidedigna sobre lo que haga o deje de hacer él. ¿Todo? Desde luego que no, aunque al senador le parezca que toda su vida es interesante para el país. 

Está el señor Uribe, desde luego, en total libertad de renunciar a lo que sea, de actuar como le parezca, de decir lo que quiera, de denunciar las situaciones que le parezcan irregulares… pero, también, en libertad de reversar sus decisiones.

Pero, y esta es la cuestión, ¿están obligados los medios a publicar, incluso en detalle, todo lo que este u otro personaje haga o deje de hacer? La respuesta es obvia: no, por ninguna razón, y menos cuando la credibilidad de los periodistas y, especialmente, de los medios, está expuesta al detrimento.

Porque decir un día que el senador renuncia a su curul, porque él así dijo en una cuenta de las redes virtuales, y al siguiente rectificar y negar la renuncia, también solo porque él lo afirmó, necesariamente atenta contra la credibilidad y la confianza de los lectores y de las audiencias en los medios y en los periodistas.

Y esa situación no es justa pada nadie, menos para los medios, que solo son un espejo en el que la realidad se refleja, y no son responsables de que el mundo hoy sea de una manera y mañana de otra, ni de que un personaje afirme de modo solemne algo de lo que mañana se arrepentirá.

No es justa, porque, de ordinario, cuando esas situaciones ocurren, nadie se detiene a señalar hacia el personaje, sino hacia el medio con el que se levanta o desayuna, al que, por razones nunca explicadas, se hace responsable de cosas tan ilógicas como el cambio de opinión de una persona.

La situación de los medios ante realidades como la del senador Uribe no es fácil. ¿Cuál sería la reacción de los lectores si su diario favorito, por ejemplo, calla en torno de las tantas cosas, muchas de ellas sin mucho sentido, que dice cada día el expresidente? No hacer cubrimiento de cada paso del dirigente, como medida de protección de su credibilidad, puede acarrear otra consecuencia: la de que los lectores castiguen al medio por su decisión de marginarse.

¿Qué hacer? Apelar a la comprensión de los lectores.

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