Razón tuvo Julio Flórez cuando escribió que ‘Todo nos llega tarde… ¡hasta la muerte! Al menos en Colombia es así.
Dejar para después es parte de la cultura colombiana, en la que nunca nadie es puntual, por el convencimiento de que los hechos, cualesquiera, incluso los más urgentes e importantes, son siempre después de la hora señalada.
Y esto es norma ineludible incluso en el Gobierno, en relación, por ejemplo, con soluciones inaplazables a problemas que de ordinario se hacen más difíciles de superar con el paso del tiempo.
Parte de este comportamiento oficial tiene que ver con la soberbia inherente a los burócratas, extraña enfermedad que a quien la sufre lo hace sentirse que está por encima de todos los demás mortales, que no camina sino que levita, y que todo —incluidas las normas legales, que no lo pueden tocar— es como a él se le ocurre, y punto.
Ante la soberbia de un burócrata no vale evidencia alguna, realmente no vale nada que no esté directa y entrañablemente alineado con su convicción. El sol salió cuando él lo dijo, no cuando asomó en el oriente.
Y por esa manera de actuar, todo el país está sufriendo las consecuencias del descontrolado paso masivo de migrantes venezolanos a territorio colombiano, bien sea para continuar hacia otros países, bien para quedarse a vivir más precariamente de como lo hacía en su país.
Desde cuando se reabrió la frontera, en agosto de 2016, de diversas maneras se insistió en la necesidad inmediata de establecer drásticos controles para evitar el caos que se vivió desde entonces con el ingreso indiscriminado de extranjeros.
La alta burocracia siempre estuvo informada de lo que se hacía o, mejor, de lo que no se hacía en los puentes internacionales, pero nadie creyó oportuno hacer caso a lo que se decía al menos desde Cúcuta. Incluso, alguien habló de exageración y de manejo dramático de la información.
Ante la insistencia, la Cancillería efectuó varias visitas a la zona de cruce en Villa del Rosario, y designó un representante permanente que según nos han informado debe llegar en los primeros días de marzo, pero al parecer lo que los burócratas vieron no fue suficiente para convencerlos de que si no había controles, la situación se haría inmanejable para las autoridades de una ciudad sin recurso alguno, como Cúcuta.
Dicho y hecho. Cada día se quedaban en Colombia 5.000 personas, según la información oficial, lo que significa que durante año y medio entraron, sin regresar, más de 2,5 millones de extranjeros, en su gran mayoría venezolanos. Porque, igual, por los puentes entraron centenares de ciudadanos cubanos y de otros países.
Hasta que un día, este diario reveló la infamia del llamado Hotel Caracas, y hasta los insensibles funcionarios municipales reaccionaron y pidieron al Gobierno nacional ayuda inmediata.
Todo va en que en los puentes se instalarán unas puertas tecnológicas que filtrarán a muchas personas que no pueden ingresar a Colombia. No serán muchas, por cuanto los que tenían algo que temer ya entraron, y quizás salieron hacia el sur del continente. Así, la solución es ya tardía, quizás inútil…
Pero, ¿cuántos problemas se hubieran evitado si desde el inicio del éxodo se hubiera acatado la voz de la región pidiendo orden y control?
Sin duda, Julio Flórez conocía el alma de nuestros burócratas…
