No es la que la comunidad está acostumbrada a ver en las redes sociales, en las que los policías arremeten contra indefensos ciudadanos porque con un celular graban los procedimientos, o la que muchas personas asocian con la corrupción y con el delito organizado, o la que nada hace diferente de pasear en el radiopatrulla.
Esta es otra Policía, la que todos los ciudadanos quieren tener, de la que de verdad quieren sentir orgullo, la Policía de todos y para todos.
Por estos días se le ha visto, también en las redes sociales, lo que demuestra que existe, que realmente puede ser diferente.
Es la Policía de agentes cubiertos completamente de fango, uniformes rotos, sin fuerzas para estar de pie, pero satisfechos de haber ayudado a rescatar los pocos enseres de una familia pobre desterrada de su casa por una avalancha o una inundación…
Es la Policía de agentes con el agua a la cintura, uno tras otro, que cruzan un río embravecido para ir a apoyar a otra familia campesina que se salvó por poco de ser arrastrada por la corriente junto con su casa de tablones y latas oxidadas.
Es la Policía de uniformados que, sonrientes, amables, enternecidos, bañan a 350 niños yukpa, los visten y luego los atosigan de helados y caramelos y bebidas, y les limpian el rostro, porque luego viene la diversión, vienen las risas. Que todo termine en el mismo basural que comenzó no es culpa de esta Policía.
La Policía que tiene entre sus miembros a ese agente que, sin pensarlo dos veces, se lanza al caño pestilente a rescatar el perro de un indigente, su compañía, su único amigo.
La que todos los colombianos pretenden en cualquier pueblo es la Policía cuyo comandante deja a un lado el arma, se pone una blusa de maestro y dicta gratis clases de inglés en todas las escuelas. De inglés o de guitarra o de civismo, ¡qué más da!, o se lleva a la muchachada al bosque para enseñarle cómo se debe cuidar la naturaleza.
Es la Policía que, por iniciativa de un agente, le construye con sus recursos una casa a una pareja de viejos abandonados de Dios y de los hombres, y luego les da una sopa caliente y les lleva un médico para que los atienda por primera vez en su larga vida de marginalidad…
Con acciones así, los ciudadanos hasta perdonarían que las patrullas tarden unos cuantos minutos en llegar cuando se les llama de urgencia
Esa Policía es la que hace falta en este país, no la que mantiene en retenes de control a agentes que cada día o cada noche robustecen sus bolsillos con dinero del delito que les entregan los contrabandistas, por ejemplo, o los pimpineros, o los narcotraficantes, como reiteran las denuncias.
Tampoco la que establece controles viales para canjear multas por coimas, ni la que recibe comisiones de los dueños de las calles que explotan al vendedor de chucherías; mucho menos, la que al amparo de la noche y de su autoridad, protege a quienes vacían casas o comercios.
¿Será posible esa nueva Policía que se vislumbra?
