Ahora, con motivo de la movilización de aspirantes a la Presidencia de Colombia y al Congreso de la República, cabe tomar en cuenta que la política, como motor que es de ese surtidor, está pensada fundamentalmente en función del interés público. Comprende todo cuanto se relaciona con la existencia de la sociedad en todos sus aspectos.
El ejercicio de la política, por consiguiente, debe tomar en cuenta la realidad, aquello que determina las condiciones de vida de las personas. Y en ese contexto debe incluir iniciativas que lleven a la solución de los problemas de incidencia cotidiana.
Los que aspiran a tener espacios de poder desde el Congreso o la Rama Ejecutiva están obligados a obrar de modo consecuente con las necesidades y anhelos de la gente. No se pueden distraer en el manejo de la mera mecánica electoral. No es solamente la estrategia de sumar votos.
Las propuestas para conseguir recursos y ejecutar proyectos que jalonen desarrollo tienen que ser trabajadas con acierto. Su resultado debe responder al conocimiento que se tenga de los requerimientos colectivos para mejorar en forma sostenible el entorno social. No es cuestión de ofrecer mitigaciones a medias, porque se le debe apostar es a un plan de cobertura suficiente en lo social y un crecimiento económico que no sea para el beneficio de unos pocos sino para resolver carencias generalizadas.
El frágil asistencialismo con subsidios que se quedan en la categoría de limosna no es la solución y eso deben tomarlo en cuenta los dirigentes que buscan llegar a los cargos de decisión. Por lo tanto, los partidos y movimientos que patrocinan la elección de servidores públicos tienen la responsabilidad de proponer programas que abarquen la canalización de posibilidades de avance de las comunidades, siempre sometidas a una incierta y precaria subsistencia.
Los que están en la contienda electoral en curso debieran esforzarse más en promover propuestas de alcance social en la medida de las demandas de los sectores de menos necesidades satisfechas. No es la politiquería la que sirve, ni la rebatiña entre los aspirantes. Para llegar a los cargos que buscan tienen que probarse como dirigentes despojados de querellas mezquinas. Lo importante es que puedan pasar la prueba de conocimiento, fidelidad a la ética y de capacidad en el liderazgo que deben asumir. Los discursos sin contenido y las posiciones beligerantes frente a sus contrarios son una deformación que arruina el protagonismo político.
En el tiempo que queda disponible para las campañas de los candidatos, estos deben tener visibilidad confiable. Es decir, su identidad no puede estar construida en engaños, ni demagogias, ni apariencias negativas.
O sea que la política, de cara a las elecciones, tiene que construirse con propuestas que respondan a las soluciones que se requieren. Deben quedar atrás los odios, las intenciones sucias, las mentiras y todo aquello que degrada un ejercicio llamado a sostenerse sobre la verdad y la honradez.
Los electores deben tomar en cuenta, al momento de votar, a los llamados a garantizar una democracia que ofrezca avances con soluciones basadas en la certeza.