Arar en el mar y sembrar en el viento. Es lo que ha estado haciendo la iglesia Católica durante estos días en procura de que Colombia logre, por fin, superar los odios y las venganzas que mueven a la sociedad y que dieron pie a una guerra de 60 años que parece no haber sido suficiente.
Más han tardado los obispos en suplicar que el odio se supere, para bien de todos, que las redes sociales en reanudar su vómito de insultos, de reproches y de respuestas, salido todo de corazones que se alimentan de veneno.
Lo más repugnante es que ese odio visceral, esa abominación por la idea del otro, anida en el ser de los más destacados dirigentes políticos. Mientras más honor han recibido, más odio destilan, más violencia verbal desatan, y más repugnancia generan entre los muy pocos que aún guardan algo de corrección. Pero como si les importara a esos personajes, obsesionados solo con alcanzar el poder al precio que haya que pagar.
El clamor enfático del episcopado católico —como el de los líderes de otras iglesias cristianas— en la Semana Santa es el mismo en el que repican desde hace largo tiempo, pero sin resultados visibles; por el contrario, cada palabra referida a la paz o al perdón recibe como respuesta una andanada virulenta de intolerancia, de odio recalcitrante, de desprecio por el derecho de las personas a expresarse en libertad, por su deseo de vivir en paz.
Altos dirigentes políticos han secuestrado el derecho de millones a vivir en paz, y con cada palabra que escriben en las redes sociales desprecian no solo a sus rivales sino a sus amigos y simpatizantes. De manera automática, la violencia y la agresión saltan antes que sus palabras.
Es como dijo el arzobispo de Cali, Darío de Jesús Monsalve: con sus palabras de ‘todo está cumplido’, Cristo denunció ‘la violencia que no se detiene, que consume vidas destruye convivencias, rompe vínculos, somete a la impotencia hasta aniquilar a quien el violento considera rival, enemigo, amenaza o estorbo a sus pretensiones’.
Luego de tantos años de guerra, de violencia indiscriminada, de odios, parece imposible acatar un llamado a la reconciliación, al perdón, a la tolerancia, a la paz.
La violencia se mimetiza hasta en las palabras más sencillas y en apariencia inofensivas, en los planteamientos más elementales, en las ideas más básicas. Y se adapta a cualquier medio: hay violencia en el hogar, en el trabajo, en el transporte, en la calle, en la escuela. Y no es tanto la física, sino la violencia con la que la gente se expresa, con la que se relaciona con los demás, con la que alimenta su espíritu. Con el desdén con que se mira al desvalido o el odio con el que se niega al otro y se le llena de agravios y de escarnios, y el abuso con el que se trata al trabajador…
Por eso, aunque es parte fundamental del papel mediador, la iglesia Católica está arando en el mar y sembrando en el viento.
Razón tiene el arzobispo de Barranquilla, Pablo Salas Antéliz, cuando se queja de que tantos años de guerra y de violencia no parecen suficientes…
