La soberbia nunca ha sido una buena consejera. Y menos si se cede a ella desde los cómodos sillones del poder político.
Mala influencia, la de la soberbia, que se convierte en una especie de tapete volador sobre el que, sin tocar el piso, cabalga el gobernante, el político, que, por estar alto, precisamente, ve pequeños a todos los demás. Casi insignificantes.
Esto, quizás, le está pasando al presidente Juan Manuel Santos, tan reacio a reconocer que otros también saben actuar en la política, e incluso mejor que él, y a admitir que alguna dosis de razón acompaña a esos otros cuando hablan del complejo cúmulo de problemas del país.
Si hubo alguien derrotado en este proceso electoral que todavía no termina, ese personaje fue el presidente, que envió prácticamente a su estado mayor a una batalla que creyó ganada desde el comienzo, pero que ya sabe que fue su Waterloo.
Nada menos que su vicepresidente, su ministro de Defensa y embajador en Washington, su ministra de Trabajo y, además, su negociador de los acuerdos de paz, todos identificados con distintas maneras de ver la realidad, cayeron vencidos al tiempo, en defensa de una paz que no se consolida todavía y que peligra.
Cualquiera de los cuatro tiene las capacidades para llegar a la presidencia, pero ahora todos, incluido Santos, son los leprosos de la política colombiana. Por lo menos Humberto De la Calle confirmó su retiro definitivo. ¿Qué harán los otros?
Desde luego, la paz no es la causa de la catástrofe electoral del gobierno. No puede ser la paz. Es la forma como tercamente se han implementado los acuerdos con las Farc y la tolerancia del gobierno con el comportamiento negligente de los excomandantes guerrilleros, y el tratamiento notoriamente benévolo del presente criminal de por lo menos uno de ellos, y la absoluta despreocupación por todos los problemas de la frontera...
Sin hablar del crecimiento de los cocales y del narcotráfico, justificados los dos fenómenos en la necesidad de acordar en Cuba una paz más sólida, y sin tocar el tema de la corrupción que devora a Colombia, estimulada de alguna manera por el Ejecutivo con su reparto de la llamada mermelada.
No reconocer que la fiebre alta está en el cuerpo enfermo del país, y no en las sábanas que podrían servirle de sudario, solo porque es la oposición la que lo deja en claro, es soberbia, la enfermedad aguda del burócrata colombiano con poder prestado.
Los que saben, definen esta enfermedad, que no solo afecta a los políticos, como “altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros”, y como “satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prensas con menosprecio de los demás”.
Desde luego, el soberbio no sabe que lo es. Ni lo admite si se lo hacen ver. Y cuando lo acepta, ya es tarde, demasiado tarde, como en el caso del presidente, que se envaneció con su logro ante las Farc y se olvidó del resto del país.
Lástima que el hombre que puso a Colombia a dormir tranquila, sin llanto, sin dolor, sin sobresaltos, sin maldiciones, no haya podido encontrar la salida de su laberinto y ahora tenga que buscar la puerta de atrás.
