Sin duda, la mejor enseñanza es la que se da con el ejemplo. Ante esto, no hay textos que valgan. Por eso, cuando alguien es una persona que para otra representa más que todas las demás —el maestro para los niños, por ejemplo—, se debe tener el máximo cuidado de cómo comportarse privada y, en especial, públicamente.
El ejemplo tiene un efecto multiplicador en torno del cual muy pocas veces se hace la consciencia suficiente, y por tanto no se valora en la dimensión que requiere: un maestro será imitado en sus actos no solo por sus alumnos sino por muchas otras personas.
Valores y principios culturales quedan grabados en el alma de los niños porque los aprendieron en la práctica de su entorno social, en el que se destacan sus padres y, obvio, sus primeros maestros. Por esto, la importancia de que los pasos de quien educa vayan, en todo momento, en el sentido correcto.
Este tipo de enseñanza queda grabada como si fuera con fuego, a diferencia de teorías, postulados, teoremas, fórmulas químicas, reglas ortográficas y de sintaxis y hasta de normas de comportamiento en sociedad.
No todos, pero sí algunos maestros —en Bogotá, por ejemplo— que estuvieron en el paro de 38 días que revolcó el año escolar, se salieron de los patrones de comportamiento que se espera de profesionales dedicados por entero a la educación de niños y jóvenes.
Ojalá, su comportamiento no haya hecho mella en los alumnos, porque, si no, los niños de hoy, mañana serán camorristas que se enfrentarán a pedradas a la Policía, o bloquearán las rutas de transporte público, perjudicando a toda la comunidad, porque así lo aprendieron de sus maestros de escuela.
Por otra parte, queda la duda de lo que va a ocurrir con la reposición de los 38 días del calendario escolar que se perdieron y que, en las actuales circunstancias de debate de la calidad de la educación, dejan la sensación de que el derecho de los niños a una educación de calidad, ni en esta oportunidad ni en otras han recibido el respeto que merecen por parte de quienes están llamados a moldearlos de la mejor manera posible.
No son los hijos de los maestros, estos niños. Ni ellos, sus padres. Pero en este caso, quienes educan deben considerar que los niños que tienen a su cargo hacen y harán lo que les pidan, en un aula tan grande como el mundo mismo. Y, por eso, hacer de cuenta que cada estudiante es como su hijo, es una actitud correcta.
Si a los hijos no se les enseña a apedrear a la Policía o a impedir el paso de un bus lleno de personas cansadas luego de la jornada diaria o a reclamar a las autoridades en medio de gritos y obscenidades o, incluso, a violentar los derechos de las mayorías, ¿por qué a los alumnos, sí, con un ejemplo lamentable?
Es de esperar que no haya otros 38 días de paro. Ojalá, ni uno solo. Pero, en el evento de que suceda, quizás los maestros se comporten como tales y como padres, y se convenzan de que si ellos tienen problemas, los demás también. Y mucho más graves.
