No es inocuo. Al contrario, impacta con mucha profundidad y genera cambios drásticos de conducta en las personas. Atizar el odio, la ira y, en especial el miedo, para ganar votantes no es nuevo en las campañas electorales colombianas. Tampoco es nuevo que todas las campañas toleren que sus seguidores acudan a esos recursos de manipulación abierta y generalizada de la manera de pensar de las gentes…
Ya hubo una primera muestra, que dejó al mundo perplejo. Nadie podía, ni puede, imaginar que en un país se votara en busca de entorpecer un proceso de paz para ponerle fin a una guerra de 60 años. Y es que, en verdad, es increíble.
Cuando triunfó el No en el plebiscito que pretendía consolidar el acuerdo de La Habana con las Farc, el mundo no creyó. Era imposible de creer que hubiera un país tan desquiciado como para no querer la paz.
Pocos días después se supo la verdad de lo ocurrido. El propio gerente de la campaña por el No, dirigida por el senador Álvaro Uribe Vélez, reveló la estrategia que usaron: “lograr que la gente votara con rabia”, y para ello se acudió a infamias, al estímulo del odio profundo por el gobierno y por las Farc, a fomentar el miedo y la ira, con base en verdades a medias y mentiras completas, tan burdas como que el gobierno le había entregado el país a las guerrillas para que lo convirtieran en la nueva Venezuela.
Los mensajes no solo se difundieron por los medios tradicionales como radio, televisión y prensa, sino que se acudió a la instantaneidad e intimidad de las redes sociales, a través de internet. Se apeló a la degeneración, de la que hablaron todas las iglesias cristianas, como razón de la ‘ideología de género’ con la que, no se sabe cómo, estaba impregnado el acuerdo de paz.
Lo peor de todo fue que ningún organismo de control del Estado asumió, como es deber de todos ellos, una investigación seria y hasta el fondo. Se dejó pasar, contra toda lógica, y las consecuencias se siguen viviendo hoy.
Muchos electores consideran que determinada candidatura busca convertir a Colombia en otra Venezuela, a través de una dictadura socialista. Pero nadie se detiene a pensar que eso no es posible, porque el Congreso está, precisamente, para evitarlo. Como tampoco reflexionan sobre el hecho de que no es posible modificar el padrón electoral con electores venezolanos recién llegados, para que respalden a la candidatura liberal. Y no es posible, porque esas personas ni siquiera tienen cédula.
Supuestos expertos internacionales, contratados por muchos millones, están sin duda detrás de campañas de desprestigio de algunos candidatos, mediante los poderosos recursos de la propaganda negra en la que son expertos, con la que crean verdaderos monstruos de los aspirantes rivales, solo porque pueden tener los votos que otros necesitan. Y tampoco nadie actúa, la Fiscalía, por ejemplo...
Ni investigan de dónde sale tanto dinero para la publicidad en televisión, o para sostener decenas de empleados cuya tarea permanente es generar mensajes de desprestigio y de infamia contra políticos rivales.
Nadie actúa, y por lo mismo nadie se ha dado cuenta de que se está jugando con candela que atizan con toda la basura acumulada en los corazones durante años y años de guerra y de odio reconcentrado.
