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Editorial
Intervención extranjera
Una guerra en Venezuela repercute en todo el vecindario y a Colombia no solo le llegará el eco de los cañonazos.
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Sábado, 1 de Septiembre de 2018

Nadie, entre quienes se muestran partidarios de radicalizar las posiciones ante Venezuela hasta la intervención extranjera, si es necesario, se ha detenido un instante a pensar en las consecuencias para Colombia de una acción como esa. Y no solo para Colombia, sino para toda el área.

Intervención extranjera es el eufemismo, el disfraz verbal detrás del que se esconde lo que debe llamarse invasión militar, algo que, en términos más concretos y dolorosos, se conoce como guerra. Ni más ni menos.

Y, cuando hay guerra, solo ganan los fabricantes de armas. ¿Es tan difícil de entender esto?

Y hacia allá pretenden algunos orientar las acciones de grandes potencias como Estados Unidos. 

Entre los impulsores y los pregoneros de la guerra está el congresista republicano Marco Rubio, un republicano radical para quien, según lo dijo hace tres días, el régimen venezolano se ha convertido en una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos y de la región.

No hay duda de que para la región, sí. Pero, ¿para Estados Unidos? Exagerar es, desde luego, válido, si se pretende justificar una aberración como una acción militar estadounidense contra Venezuela.

Pero, pese al significado para la región, hasta ahora, por lo menos, los países del área han actuado con la sensatez, la cordura y la prudencia necesarias para que la situación de grave inestabilidad del gobierno de caracas no salga del marco de soluciones políticas surgidas del diálogo a través de organismos multilaterales.

Que el diálogo haya sido prácticamente inexistente y que las relaciones entre Maduro y el resto del continente sean cada vez más ríspidas y lejanas no significa que las acciones militares, que solo dejan perdedores, sean el paso obligado en un momento en que el presidente Nicolás Maduro solo ve enemigos por todas partes.

Rubio necesita reencaucharse, como se dice en colombiano, luego de caer estrepitosamente al ser derrotado como precandidato republicano a la presidencia de Estados Unidos a nombre del sector más extremista de su partido, el siniestro, racista, xenófobo, fundamentalista y supremacista Tea Party Movement.

Rubio tiene interés personal en promover una intervención militar no solo en Venezuela, sino en cualquier parte —mañana puede ser en Nicaragua—, porque necesita vender armas, muchas armas.

La infame Asociación Nacional del Rifle (Anr) lo tiene en su nómina como su senador y candidato favorito. Y parece que le está pasando cuenta de cobro por los 3.303.355 dólares que le ha dado para que defienda sus intereses en el Congreso de Estados Unidos y donde sea necesario.

La Anr no entrega dinero si no hay una contraprestación en los términos y los alcances que a ella le interesan. Y ante el creciente repudio a la libre venta de armas, que les afecta el negocio a los fabricantes, surge la posibilidad de la guerra, que se hace, precisamente, con sus productos.

Así que, quienes escuchan los cantos de sirena del cubano Rubio en torno de lo que se debe hacer en Venezuela, deben primero establecer quien es la persona que predica en favor de la guerra.

Una guerra en Venezuela repercute, casi que instantáneamente, en todo el vecindario, y a Colombia, como el vecino más cercano, no solo le llegará el eco de los cañonazos, sino los proyectiles mismos, en una hecatombe que transformará a América Latina en un infierno. No se puede permitir que el negocio de unos pocos sea más importante que la tranquilidad de decenas de millones.

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