Es una estocada honda que, aunque en apariencia puede no terminar con la vida del toro de manera inmediata, en realidad causa un daño del que el animal jamás se recupera. Una así es la que el fallecido senador John McCaine le dio al presidente Donald Trump, al impedirle asistir a su sepelio.
Por eso, Trump no ha dicho una palabra sobre el legendario senador. Está solo en el frío suelo de la indiferencia: el vicepresidente Mike Pence, el secretario de Estado Mike Pompeo, la secretaria de Seguridad Nacional Kirstjen Nielsen, el secretario de Defensa Jim Mattis, y otros pilares del actuar Gobierno lamentaron la muerte y elogiaron la trayectoria del fallecido.
McCaine fue un hombre de honor, representante genuino del Grand Old Party (GOP), como llaman al partido republicano, que se enfrentó a Trump —y a su gobierno y su partido, republicanos de hoy—, para quien el honor es el dinero.
Prisionero del Vietcong durante 5,5 años, fue torturado —a veces cada dos horas—, en busca de quebrar su voluntad. Cuando fue liberado, Estados Unidos lo calificó de héroe.
Las razones son poderosas: aún enfermo de cáncer cerebral, McCaine alineó toda su artillería política contra las decisiones de Trump de perseguir, a cualquier precio, a los inmigrantes irregulares, en especial los de origen hispano, y evitó que los viejos y los pobres se quedaran sin seguro de salud, cuando el presidente quiso eliminar el llamado Obamacare.
Y la imagen de Trump comenzó a caer, y él, a hundirse más en su pantano, que prometió drenar (limpiar de corrupción), hasta que su propio miasma le llegó al borde de la nariz y el fondo empezó a hacerse más y más resbaladizo. Allí está hoy el presidente, con acciones cada vez más dignas de su deshonor, como la de ordenar que la bandera de Estados Unidos ondeara en lo alto del mástil de la Casa Blanca, mientras en el país está quieta, a media asta, en homenaje a McCaine.
Con sus ataques contra los inmigrantes Trump azuza a los locos, advirtió McCaine cuando los empresarios también comenzaron a atacarlos y a exigir que en la frontera con México se construya un muro.
La inverosímil respuesta de Trump dejó al mundo con la boca abierta: ‘Es un héroe de guerra porque fue capturado’, dijo. ‘A mí me gustan las personas que no fueron capturadas’. McCain pidió disculparse con familias de otros soldados que fueron capturados, pero Trump no lo hizo. Por eso, McCaine criticó a aquellos suficientemente ricos como para evitar servir en algún conflicto al hallar médicos “que dijeran que tenían osteofitos (crecimiento anormal de algunos huesos)”. Trump fue excusado del servicio militar cuatro veces por razones académicas, y una por osteofitos (acumulación de calcio en los talones).
Luego, McCaine le criticó con dureza a Trump aquello de que uno puede hacer cualquier cosa a las mujeres cuando es estrella, y le retiró su apoyo a la candidatura presidencial. Después, se opuso a que Trump eliminara el Obamacare, y enfermo de cáncer, como estaba, se levantó de la cama y fue a votar en contra. Trump perdió.
Finalmente, dejó al presidente en la picota cuando le criticó haberse reunido con el presidente ruso Vladimir Putin y haber dicho que, en su concepto, los rusos no interfirieron en la campaña presidencial de Estados Unidos. ‘Una de las actuaciones más vergonzosas de un presidente estadounidense que se tenga en la memoria’, dijo de la reunión el fallecido McCain.
Y con esa frase clavó, hasta la empuñadura, una estocada en el morrillo de Trump que le traerá consecuencias imprevisibles. Es el castigo de la vieja manera de hacer política en el país que ya no es el más poderoso del mundo, gracias a Trump.
