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Editorial
Hay que intentarlo
No es fácil, hay que admitirlo, dejar el calor del hogar para ir a votar por un Legislativo lleno de personas cuestionadas por la opinión.
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La opinión
La Opinión
Sábado, 10 de Marzo de 2018

No se discute, es verdad irrefutable: deben ser contadísimas las personas que, de verdad, se mueven impulsados por la convicción de que votar es un deber fundamental del ciudadano.

Pero esa conciencia no es la fuerza que pone en marcha la gran caravana de electores en busca de las urnas. Al contrario, la conciencia es la que impide que la gran mayoría se abstenga de participar en una jornada como la de hoy.

En el fondo de cada elector surge hoy una pregunta: ¿votar por el Congreso, una de las entidades más desprestigiadas del país, un organismo donde cada que llaman a lista puede faltar alguien que está ante un juez, como reo, cuando no en una celda de prisión, o al menos en los titulares rojos de la prensa?

Sucede que 84 por ciento de imagen desfavorable no es, precisamente, una de las palancas que mueva a los ciudadanos a pensar siquiera en hacer algo como votar para renovar a esa corporación que tanto les debe a los colombianos. 

No es fácil, hay que admitirlo, dejar el calor del hogar para ir a votar por un Legislativo lleno de personas cuestionadas por la opinión, incluso por el mero hecho de ser políticos, sinónimo en Colombia de corruptos, de aprovechados, de interesados solo en sus beneficios personales.

El problema es que la imagen de la corporación afecta a todos los aspirantes a hacer parte de ella. Porque no son solo la corrupción traducida en asalto a los fondos del Estado y el clientelismo los graves pecados que se le señalan.

Es todo un cúmulo de situaciones, como la falta absoluta de respuesta clara a tantas necesidades en materia de equidad, justicia social, paz, pobreza, salud, educación, acceso universal a bienes y servicios esenciales… y esa particular manera de reaccionar solucionando problemas puntuales con fórmulas de cortísimo plazo, a cambio de apoyo o canonjías oficiales, y siempre de espaldas a los ciudadanos, que siguen esperando la gran reforma estructural de todo el sistema político, económico y social, no paños de agua tibia.

También está fuera de discusión: hay candidatos buenos, a los que se puede y se debe respaldar. Son poquísimos, se sabe, pero ya tienen experiencia en el manejo de la cosa pública, porque donde han estado han puesto la ética y la transparencia por encima de otra circunstancia; y hay otros, nuevos, que han expresado su franco deseo de renovar desde esos mismos valores toda la política, y solo por esa intención vale la pena respaldarlos.

A este país aún se le puede asignar el rumbo correcto, para dejarlo a los hijos como herencia eterna. Así que, aunque sea para votar en blanco —opción sin bases, ante tantas propuestas—, vale la pena ir en busca de las urnas. A ellas no se acude, como de ordinario se considera, a otorgarle poder político a unos candidatos, sino a expresar los puntos de vista de cada votante.

Esto de votar es una forma de participación democrática que adolece de serias fallas, pero es la mejor de que se dispone por ahora.

Además, votar es la única credencial válida para reclamar…

Hay que intentar cambiar las cosas, aunque en el solo intento se sacrifiquen todos los esfuerzos. Por la democracia y por la Colombia de mañana vale la pena cualquier sacrificio. Lo importante es evitar que todo siga como hasta hoy...

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