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Editorial
El único amigo
Es la injusticia, la moneda de cambio con la que el pueblo colombiano paga a Santos por haber silenciado los fusiles. 
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Miércoles, 4 de Abril de 2018

Es una escena con mucho humor negro, del que el presidente Juan Manuel Santos prefiere, pero, más que eso, es una imagen en la que la soledad del poder es más patética que nunca.

Es una foto de la que alguien llamó la realidad real, en la que un hombre que ha tenido todo el poder de un país, ahora, de salida, se ve precisado a hablarle a su único amigo, el mejor de todos: Julio, el primer perro del país, bulldog francés con cara de disgusto eterno.

La foto publicada ayer por este diario muestra al presidente, en un salón casi sin decorado, frente a frente, en sendos sillones, índice admonitorio, advirtiendo a su perro. Quizás le está diciendo que no se confíe porque, ‘véame a mí’, en política no hay amigos, solo copartidarios, aliados y, en ciertos casos, cómplices. Y, siempre, ingratitud y olvido.

Santos está de perfil, pero un buen observador puede descubrir en su rostro la amargura y la decepción —pese a que sabía de antemano que cosas así suceden— que le genera le ingratitud de un país que por 60 años clamó por la paz, y cuando la obtuvo, porque el presidente se jugó entero por ella, nadie la percibe, ni la vive siquiera, menos la disfruta. Solo la cuestiona y la critica porque sí y porque no.

Es la injusticia, la moneda de cambio con la que el pueblo colombiano paga a Santos por haber silenciado los fusiles y evitado los gritos de los heridos y el llanto de miles de familias a las que la muerte las golpeó muy duro, por haberle puesto un punto final a la destrucción, al caos, a la hecatombe que significa toda guerra, aun la más pequeña y breve.

Hace algunos días, un columnista de diario sostuvo que si un Poncio Pilatos pudiera preguntarle a la turbamulta a quién crucificar, si a Barrabás Popeye o a Juan Manuel Santos, sin duda la plebe uribista escogería a Santos, quien se va del gobierno con la peor imagen de presidente alguno.

Ya no lo acusan, dice el columnista, de haberles entregado el país a las Farc, o al castrochavismo, pero sí, afirmamos, de todos los males causados por haberles dado a los colombianos la paz por la que tanto se clamó durante más de medio siglo. Claro, si es que tener un país es un mal, como lo dan a entender algunos políticos.

Del mismo columnista son varias comparaciones, que compartimos:

1. Tasa de homicidios al final del gobierno Uribe: 34 por cada 100.000 habitantes. Tasa al final del gobierno Santos: 24. Esto significa que matan a unas 3.300 personas menos cada año.

2. Tasa de desempleo al final del gobierno Uribe: 11,7 %. Al final de Santos: 9,2 %. Porcentaje de empleo informal al final de Uribe: 57,9 %. Informalidad en el último año de Santos: 49,5 %.

3. Desplazados en el último año de Uribe: 231.000. Al final de Santos: 55.000. Visitantes extranjeros (turismo) en el último año de Uribe: 2’300.000. Último año de Santos: 6’535.000. Coeficiente Gini, Uribe: 0,56. Santos: 0,51 (cuanto más bajo mejor). Pobreza multidimensional al final de Uribe: 30,4 %. Al final de Santos: 17,8 %.

4. Autopistas y carreteras: hay tantos proyectos gigantescos en marcha que ojalá el próximo gobierno no saque pecho por la culminación de lo que no empezó.

Después de estos logros, cuyos enemigos políticos niegan u ocultan, es de verdad imperioso decir: gracias, presidente Santos.

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