El proceso judicial será tema de discusión para largos meses en el mundo. Al fin y al cabo, no es cosa de todos los días que al presidente de Estados Unidos le muevan un tanto el sillón por razón de sus actuaciones privadas de campaña.
Y tampoco es asunto de común ocurrencia que ese mismo presidente niegue un hecho, mientras el exdirector de su campaña, Paul Manafort, lo confirma de manera indirecta al afirmar oficialmente que mintió a las autoridades, con lo cual obstaculizó la acción de la Justicia.
Por esto y lo que pueda generar, el presidente Donald Trump está nervioso, bajo sospecha, y su gobierno se ensombrece cada vez más.
Es el caso del Rusiagate, o intervención del presidente Vladimir Putin en las pasadas elecciones presidenciales de Estados Unidos, son hechos escandalosos en los cuales Donald Trump, resultó involucrado, pese a sus esfuerzos por guardar distancia prudente.
Los cargos contra Manafort y su socio Rick Gates ‘representan una escalada significativa’ en una investigación para la cual fue asignado el fiscal especial Robert Mueller que, por ahora, acusa al exdirector de la campaña de blanquear al menos 18 millones de dólares y sus actos de cabildeo en Ucrania.
Allí, recibió dinero de pagos no revelados del expresidente y gestor de la guerra civil Víktor Yanukovych, un simpatizante reconocido de Rusia y de Putin.
El dinero correspondía, al parecer, a pagos rusos para Manafort, hasta hace algún tiempo agente secreto de muy alto nivel de los rusos en Occidente.
La médula del asunto tiene que ver con eventuales contactos de la campaña de Trump, o incluso de él, con agentes rusos, para manipular la campaña electoral que perdió la candidata demócrata Hillary Clinton, con el fin de beneficiar al actual presidente.
Aunque el nombre de Trump no aparece vinculado al comienzo del proceso iniciado por Mueller, hay un detalle que podría derivar en algo más sustancioso. El asesor especial de campaña George Papadopulos ya se declaró culpable de hacer declaraciones falsas al FBI que lo investigaban por buscar conexiones con el gobierno ruso el año pasado para beneficiar a la campaña y a Trump.
Por ahora, el caso está lejos de parecerse al escandaloso Watergate, que llevó a la renuncia al presidente republicano Richard Nixon, por mentir en relación con un caso de espionaje a la campaña demócrata disfrazado de robo. Watergate se llama el edificio donde estaban las oficinas demócratas en Washington.
Por lo menos, el proceso llega a poner un poco de calor al frío y ventoso otoño en momentos en que Washington es el reino de la abulia, luego de las tormentas de comienzos del gobierno, cuando cada palabra de Trump era un escándalo.
Un ingrediente especial es, sin embargo, razón para esperar sorpresas: uno de los delitos imputados a Manafort es conspiración contra Estados Unidos, algo de extrema gravedad en un país que castiga con la máxima severidad el menor asomo de traición.
Y si el propio presidente resulta al final involucrado en una conspiración así, pues sería una situación en la que solo restaría por decir: “apaga y vámonos”.
