Pocos compromisos más fáciles de eludir e incluso de incumplir como el que tienen los ciudadanos, todos, con el Estado, en lo relativo a financiar su funcionamiento. Sin dinero, el Estado se paraliza y la sociedad llega al borde de su disolución como organización.
Pero, aun sabiendo esa verdad, a los ciudadanos les cuesta, cada día más, eso de darle al César lo que es del Cesar. Pagar impuestos es, para miles de cucuteños, por ejemplo, una especie de ofensa. No caben otras explicaciones para el desagrado que parece significar para ellos la obligación de entregar al fisco una parte de lo obtenido durante el año.
El fenómeno, tan antiguo como la propia sociedad organizada, y tan común en gran parte del mundo, parece tener en Cúcuta uno de los índices más altos, hasta el punto de que el Municipio tiene que embargar bienes de sus deudores y someterlos a la posibilidad de rematarlos, para pagarse lo que le deben.
Hoy, el Municipio de Cúcuta tiene embargados 11.369 bienes (lotes, casas y locales comerciales), como medio para garantizar que sus dueños le pagarán por lo menos unos 86 mil millones de pesos que no le han pagado y le deben por concepto de impuestos locales (de industria y comercio y predial).
Lo curioso es que, en lo que tiene que ver con los municipios, quienes no pagan son, precisamente, los que tienen riqueza, poca o mucha, pero riqueza que los diferencia de los demás. Son los propietarios de predios y los de establecimientos de comercio, es decir, los ciudadanos que tienen con qué pagar, pues han obtenido más beneficios que los demás.
Causas para esta actitud, que ya es parte de la cultura política y ciudadana, según los analistas, son diversas, pero la percepción sobre la corrupción en el sector público se lleva de lejos el primer lugar. Los contribuyentes consideran que pagarle al Estado los impuestos es entregar su dinero a políticos que lo disfrutarán.
Sin embargo, esta consideración puede ser un pretexto, puesto que, en las elecciones, estos mismos contribuyentes votan por los políticos que saben esquilman los impuestos. Eludir la contribución al Estado es, más bien, una expresión clara de la cultura de lo ilícito, que se escuda detrás de prácticas administrativas como amnistías y descuentos jugosos para los contribuyentes morosos. Si dentro de unos pocos años me van a perdonar la deuda, ¿para qué pagar?, es el pensamiento de estos malos ciudadanos.
Hay, igualmente, una especie de círculo vicioso cuando los ciudadanos no pagan, con el argumento de que el gobierno no construye, y este, a su vez, se defiende diciendo que no hace obras, porque no tiene el dinero que le corresponde por impuestos.
Pero la verdad es que no pagar impuestos significa que el Estado no dispondrá de los recursos necesarios para las obras que la comunidad necesita, es darles a los burócratas los pretextos para excusar su incuria, su inactividad, y su nula acción.
En el caso de Cúcuta, realmente no habrá obras si no se pagan los impuestos, y en esto la administración tiene a mano las herramientas legales para cobrar: empezar a rematar los bienes que tiene embargados. Cuando lo haga con el primero, los miles restantes harán cola de inmediato para pagar. Es cuestión de decidirse.
