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Editorial
El poder militar
¿Cómo, durante tantos años, las fuerzas oficiales no han aprendido que no se puede menospreciar a ningún enemigo?
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La opinión
La Opinión
Miércoles, 11 de Abril de 2018

Son unos 500 mil efectivos, que constituyen una de las cinco más poderosas fuerzas armadas de este continente, y con una experiencia tal que incluso desde Estados Unidos, con el Ejército más poderoso del planeta vienen con frecuencia a Colombia aprender sobre guerra irregular.

Pero, ¿el poder que dicen que tiene este medio millón de soldados y policías sí se corresponde con la realidad? Algunos hechos parecen contradecir ese criterio, en especial en oportunidades como la de ayer en Urabá, donde una emboscada de desconocidos dejó ocho policías muertos.

O como el del martes en la noche, donde un asalto a una garita de centinelas del Grupo Mecanizado Maza, en circunstancias casi inverosímiles, terminó con un soldado herido y un fusil robado.

Perder efectivos en emboscadas es una situación que no han podido superar las fuerzas armadas colombianas, que parecen olvidar que cuando se está en guerra no hay tregua ni cuartel y el menor descuido puede terminar en una gran catástrofe.

Cuando una guerra, como la de las Farc, dura tantos años, es porque existe un equilibrio de poder entre dos fuerzas muy desiguales. Durante décadas, los más o menos 15 mil guerrilleros de las Farc se mantuvieron en combate de igual a igual con las fuerzas del Estado, dotadas de un muy moderno armamento actualizable…

Y la emboscada, táctica favorita e imprescindible de los ejércitos irregulares, golpeó innumerables veces a las tropas oficiales. Y lo sigue logrando, consecuencia de la ineficiencia de las fuerzas del Estado.

¿Cómo, durante tantos años, las fuerzas oficiales no han aprendido que no se puede menospreciar a ningún enemigo? ¿Cómo no han aprendido que, en el lugar menos esperado y en el momento menos pensado debe estar emboscada la muerte? No hay enemigo chico, dice el refranero, y eso lo confirman incluso organizaciones criminales con ninguna formación militar, como las pandillas de narcotraficantes de Urabá. Pero Ejército, Marina, Aviación y Policía no creen en la sabiduría de los refranes y se exponen, como estos días, a derrotas realmente preocupantes.

El poder de esas bandas se mide en la magnitud de los recursos que obligan a movilizar al Estado. En el Catatumbo, por ejemplo, donde operan reductos del Eln y el Epl y bandas de narcotraficantes y contrabandistas, integradas todas por unos centenares de personas, obligaron al Estado a desplazar a 8.000 soldados, fuera de los policías, lo que indica que, con sus acciones, esos grupos delictivos han logrado equilibrar el poder del Estado en la zona.

Sin la suerte, es imposible detectar al enemigo emboscado, dijo hace algunos años un alto general colombiano. Y es verdad. Pero, precisamente por esa razón, no se puede dejar de pensar en que el enemigo duerme menos que los soldados y vive en función de atacar, de hacer daño, de doblegar el poder que enfrenta.

¿Cómo, en el lugar más seguro de Cúcuta, alguien ataca a un centinela que está en una garita a unos tres metros del suelo, lo hiere y le roba el fusil, y nadie en ese batallón detecta nada y previene los hechos? Es increíble la ineficiencia.

¿Cómo donde hay 8.000 soldados, según fuentes militares, dos guerrillas se enfrentan, asesinan civiles, bloquean una región inmensa, generan desplazamientos masivos de campesinos, hacen las veces del Estado, y actúan en total impunidad?

Incomprensible. Sencillamente inexplicable.

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