El nombre de Luis Gustavo Moreno Rivera no puede ir al olvido. Debe citarse siempre que se haga referencia al sitio más profundo de la corrupción al que llegó Colombia. Más allá no se puede ir. No es posible caer más bajo.
Hasta su captura por recibir dinero para favorecer a un reo de corrupción, Moreno era el Director Nacional Anticorrupción de la Fiscalía. Era la última esperanza. Era la sal, y se corrompió de peor manera que todos los corruptos.
Moreno no es la persona que se creía: ahora resultó dueño de apartamentos de lujo, comprados al parecer con el dinero de cuestionados contratos de entidades públicas.
Con excepciones cada vez más escasas, es este un país de corruptos. Porque no solo lo es el sector público, también el privado es un mar de podredumbre, de personas dispuestas a vender su honra por un centavo, o a comprar la de otra por menos.
Porque la corrupción aquí no solo tiene que ver con los 50 billones de pesos anuales que se llevan los corruptos, ni se limita a casos como los de Odebrecht y la Ruta del sol, o Reficar, Saludcoop, Inverbolsa, Invercolsa, el cartel de la hemofilia, el esquema de seguridad del exprocurador Alejandro Ordóñez, el gran robo a La Guajira, el Plan de Alimentación Escolar (Pae), Electricaribe, la Triple A, el carrusel de la contratación, Fidupetrol… en fin.
La corrupción comienza con cada ciudadano que recibe un tamal o un mercado para votar por un candidato corrupto, o con el dinero o el regalo que le entrega a un empleado público para que mueva con mayor rapidez un documento en las oficinas, o al policía para evitar un comparendo, o al portero para que lo prefiera a los demás…
Y sigue en las alcaldías y en otras dependencias de todos los niveles donde a dedo se adjudican contratos que muchas veces no se cumplen, pero el dinero se entrega, o si se cumplen, el presupuesto se reajusta a gusto del contratista y acorde con el porcentaje que se debe entregar a quien contrata.
La corrupción es hija de la práctica social del todo vale, sin importar que sea ese todo, que puede llegar incluso al homicidio para silenciar o para quitar de en medio a alguien que es obstáculo para alguien más, movido por la convicción de que el fin justifica los medios.
Corrupción es también torcer la ley para que diga lo que no decía y así, por ejemplo, hacerse elegir o reelegir, o falsificar documentos para acceder a un cargo público o privado, o crear una matriz de opinión para inducir a los electores al error, o utilizar el poder recibido del pueblo para obtener beneficios ilegales…
En fin, todo lo incorrecto es corrupto. Y ahora que Colombia ha llegado al fondo, tal vez sea la última oportunidad de acabar con la corrupción y la podredumbre, antes de que los ciudadanos correctos que aún quedan acaben formando parte de ellas. En lo posible, hay que salir purificados.
Desde luego, la mínima confianza que los ciudadanos tenían en la Fiscalía, se evaporó por el episodio de Moreno, de cuya vida hasta ahora comienzan a filtrarse detalles que, si bien no son concluyentes, dejan al menos dudas de quién ha sido y quiénes lo han rodeado.
