¿Será que esta vez Colombia comprendió a cabalidad los mensajes que el papa Francisco le dio al presidente Iván Duque hace tres días en el Vaticano? Uno fue muy explícito; otro, según expertos en los asuntos del Vaticano, muy simbólico, pero contundente. Y ambos fueron en el mismo sentido.
El explícito, que además el pontífice respaldó con el regalo de un medallón con un árbol de olivo con dos ramas que unen partes separadas, tiene una leyenda de contenido muy claro: ‘Busca lo que une y supera lo que divide’. Francisco agregó unas palabras: ‘Deseo que sus manos sean como estas dos ramas, que unan a Colombia y solucionen esa veta tan dura que fueron los 50 años’ de guerra.
El otro mensaje necesita de conocimientos especiales para interpretarlo. El papa recibió a Duque en la biblioteca vaticana, no en el gran salón de recepciones, y lo hizo así, porque según los vaticanistas, allí está guardado todo el archivo del gran concilio Vaticano II, que terminó con una gran conclusión: la vía armada (la guerra) no es el camino para la solución de los problemas políticos.
Los mensajes no fueron para Iván Duque; a él, como presidente, solamente le correspondió recibirlos. Fueron para todos los colombianos, en momentos en que la discordia y la beligerancia hacen carrera en los corazones de muchos, en especial de quienes tienen la obligación de orientar al país.
¿Significa que el papa sugiere a Colombia no rearmarse, con el pretexto de que Venezuela puede agredir? Puede ser. Al fin y al cabo, si el mensaje es un no a la guerra, interna o externa, ¿para qué armas?
Ojalá el presidente y el partido de gobierno capten, en toda su extensión, el contenido pleno del mensaje papal, porque, sin dudarlo, se opone a la asignación de los presupuestos y a los planes gubernamentales destinados a “modernizar y actualizar nuestras Fuerzas Armadas”.
Desde luego, los colombianos, todos, también somos destinatarios forzosos del mensaje, que tiene dedicatoria especial a quienes dirigen el país, y que, por la razón que sea, están dando pasos hacia burlar, por ejemplo, el deseo de millones de ciudadanos que votaron con el específico fin de erradicar la corrupción.
En consecuencia, porque es lo inteligente —no porque el papa lo diga o no—, hay que dedicar los mejores esfuerzos al desescalamiento de la beligerancia y del odio y el rencor reconcentrados, y a erradicar esa costumbre de legislar no solo a espaldas, sino contra la voluntad, de los colombianos.
Lo de Duque de no enviar una carta de urgencia al Congreso en relación con el paquete legislativo anticorrupción pudo ser un olvido motivado en el ajetreo del viaje a Roma. Pero lo ocurrido en el Congreso, con la inserción de trampas y ‘micos’ en los proyectos, es resultado de actos a plena conciencia de sus autores. Y eso no puede ser.
Actitudes como esas crispan mucho más los ánimos de los ciudadanos, y se oponen a la democracia que Colombia nunca ha tenido, porque los legisladores se dedican a hacer exactamente lo contrario de lo que desea el resto del país.
El mensaje del papa hay que interpretarlo también por este lado, el de no provocar a los ciudadanos, porque eso también es guerra…
