Les dicen encrucijadas si son del senador Álvaro Uribe Vélez, tan dado él a aprovechar al efectismo de las palabras; o dilemas, si son del pragmático y menos rebuscador presidente, Juan Manuel Santos. Para los demás, son momentos en los que no se sabe qué camino coger.
Olvidan, sin embargo, los mandatarios, que precisamente son elegidos por el pueblo para que siempre tomen decisiones en un sentido o en otro, con solo la alternativa de acertar y pasar a la historia, o errar y convertirse en reo del juicio político correspondiente.
El más reciente dilema del presidente tiene que ver con el Eln. Hasta ayer, Santos no había decidido qué hacer, si seguir dialogando con los guerrilleros en Quito, y así ahorrarle a Colombia incontables muertos y heridos, o romper las negociaciones y agregarle cifras de víctimas al libro de las tragedias del país.
“Estoy en ese dilema”, dijo Santos en una reunión del Consejo Mundial de Iglesias (CMI). “¿Qué hago con el Eln: sigo insistiendo o, como lo quiere la opinión pública, rompo los diálogos?”
En todo caso, el presidente dio a entender que el dilema actual no es fácil de resolver, tanto, que admitió que todos los días le pregunta a Dios cuál es el camino que debe coger en situaciones como esta la cual, en medio de los diálogos de paz con el Ejército de Liberación Nacional (Eln) en Quito, esta guerrilla comete actos de terrorismo”.
Hay, sin embargo, un antecedente muy fresco en la memoria de Colombia: el diálogo con las Farc se dio, en la mayor parte del proceso, con esa guerrilla en plena actividad bélica en todos sus frentes, con acciones calificadas igualmente de terroristas. Y, entonces, Santos no se planteó dilema alguno, sino que, como el presidente de Colombia que era, siguió adelante, sin que la crítica lo detuviera.
Y le puso exitoso y negociado fin a la durísima guerra de casi 60 años en que estaban enfrascados el Estado y las Farc.
Es decisión que debe asumir y tomar el mandatario, claro, pero caben las sugerencias, y la mayoritaria sostiene que para el país es mucho más conveniente continuar con el diálogo, hasta llegar a un acuerdo final.
Dialogar en esas circunstancias difíciles lleva a que el proceso se pueda acelerar, a fin de llegar lo más pronto posible a un acuerdo definitivo. Solamente se hace necesaria un poco de voluntad política del Gobierno y del Eln, y paciencia por parte de todos los colombianos.
A cambio de que arrecien contra ellos las tareas del Ejército y los demás órganos de seguridad del Estado, los guerrilleros del Eln tendrán la oportunidad de acoger la idea de llegar rápido a los acuerdos, y comenzar a prepararse para el afianzamiento del proyecto pacificador.
Si con las Farc dio resultado sostener los diálogos pese a las grandes y muy serias adversidades surgidas por la continuidad de la acción bélica paralela, no parece improbable que con el Eln, pese a su radicalismo, se pueda llegar a los mismos resultados.
Es cuestión de decidir, de enfrentar el dilema y actuar.
