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Editorial
El camino de las drogas
No es mucho, pero queda tiempo para reflexionar entre si radicalizar la guerra o eludirla.
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La opinión
La Opinión
Martes, 24 de Julio de 2018

¿Estará Colombia en lo correcto, con la intención de sectores políticos de derecha de reducir y, si es posible eliminar, la dosis personal de droga permitida a un consumidor? ¿Ajustar la normatividad legal para abrirles paso a más episodios de la trágica y fracasada guerra contra las drogas que inventó Estados Unidos en 1968 con propósitos inconfesables, será la mejor manera de enfrentar el fenómeno?    

Tal parece que la idea colombiana es un penoso anacronismo, precisamente cuando Canadá y la mitad de los Estados Unidos despenalizaron la droga. Y son esos dos países —más el segundo que el primero—, de los mayores y más atractivos mercados para la cocaína colombiana.

Se dirá que no importa, que Colombia es Colombia, y que debe tenernos sin el menor cuidado lo que hagan otros países al respecto. Pero, para incomodidad de los políticos que asumirán el gobierno el 7 de agosto, México está dando pasos para despenalizarla también.

La virtual secretaria de Gobernación —equivalente al ministro de Interior—, Olga Sánchez Cordero, refiriéndose a lo que desde el 1 de diciembre hará el nuevo gobierno izquierdista en relación con la droga, preguntó hace poco: ‘¿qué estamos pensando, matándonos, cuando ya casi toda Norteamérica la está despenalizando y muchos países europeos?’
 
Después de Colombia, México es el país latinoamericano que más violencia ha vivido en esa guerra, inventada en 1986 por el entonces presidente Richard M. Nixon para disminuir en Estados Unidos la población negra y hippie, que se oponía con dureza a la guerra de Vietnam.

Desde cuando el derechista Felipe Calderón Hinojosa, como presidente, sacó a la calle al Ejército en 2006 para enfrentar el fenómeno de las drogas, en México ha habido unos 160.000 muertos, en una orgía violenta que aún se mantiene, pese a que el actual mandatario, Enrique Peña Nieto, distendió un poco el rigor de la ley.

En Colombia, el de qué hacer con las drogas es un asunto de nunca acabar, con algunas posiciones fundamentalistas inamovibles, que parece tendrán bastante influencia en el gobierno que llega.

Ocurrió lo mismo con la discusión sobre si después de 60 años se llegaría a la paz mediante la liquidación de la guerrilla o mediante el diálogo. Lo primero era, y es en condiciones como las colombianas, un imposible al que muchos políticos ni siquiera se preocupaban por analizar.

Hoy hay conciencia plena de que la solución era a través del diálogo y de la comprensión de los puntos de vista de las fuerzas enfrentadas. De seguir la guerra, estaríamos sumidos en una vorágine inconmensurable, por razón, precisamente, del dinero de la droga, que les hubiera permitido a las Farc armarse hasta límites no calculados.

No es mucho, pero queda tiempo para reflexionar entre si radicalizar la guerra o eludirla mediante la legalización de las drogas, que si lo está haciendo Estados Unidos, no hay razón para que acá no se haga algo parecido.

Lo que es innegable es que la guerra de Nixon ha sido uno de los fracasos más estruendosos de la historia moderna, así se resistan a aceptarlo los radicales que consideran que todo se arregla apretando tornillos y generando violencia.

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