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Editorial
El arroz nuestro
A los arroceros, el Gobierno les pide que no siembren tanto, porque hay una sobreoferta del cereal en el mercado.
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Jueves, 30 de Noviembre de 2017

Cuando el Ejército colombiano necesita renovar algunos equipos, por la razón que sea, el Gobierno ni siquiera piensa en otra posibilidad que no sea la de que los propios militares recomienden y decidan qué se debe comprar.

Igual ocurre con cualquier cambio en los planes educativos: se hacen luego de consultar y escuchar las recomendaciones de los maestros, que son los expertos. Y sucede así con muchos otros sectores. Menos con el agropecuario.

A los productores del agro colombiano se les oye pero no se les escucha.

Por esa cultura inveterada de considerar que solo el gobernante tiene y puede tener la razón, se cometen errores graves que luego solucionarlos puede llevar a que sea el remedio peor que la enfermedad.

Todavía es fácil escuchar los ecos de la intensa campaña gubernamental Colombia Siembra, en la que se invitaba por todos los medios a los cultivadores de arroz a incrementar la producción del grano.

Y eso hicieron. El resultado fue terminar 2016 con 2,9 millones de toneladas de arroz paddy verde —la más alta de la historia, según expertos— y se sembraron 579.802 hectáreas. Durante 2015, la producción fue de 2,3 millones de tonelada, y el área sembrada, de 460.000 hectáreas.

Hoy, a los arroceros, el gobierno les pide que no siembren tanto, porque hay una sobreoferta del cereal en el mercado, porque los precios están bajos, y porque en bodegas hay un inventario de 750.000 toneladas de paddy verde seco.

Por razones de seguridad alimentaria debería haber solo 350 mil toneladas.

¿Quién entiende? Se siembra, porque por política oficial se pide hacerlo; pero, cuando se hace, surge la invitación del ministro de Agricultura, Guillermo Zuluaga, a no sembrar, porque hay problemas serios. Y porque vendrán otros más serios…

Entre estos últimos están compromisos internacionales como el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos y un acuerdo bilateral con Ecuador, que cuando se hagan realidad, se traducirán en la importación de 190.000 toneladas adicionales.

Significa esto que, en una actitud incongruente, a los arroceros colombianos el gobierno nacional les limita la producción del grano, mientras mantiene abiertas las importaciones. Son las paradojas que resultan de las políticas que se reducen a hacer cosas para que digan que algo se hace… sin que nadie sepa para qué se hace.

Lo grave del problema es que, como en tantas oportunidades se ha afirmado acá, la soberbia del burócrata es infinita e impide escuchar a quienes sí conocen, es decir, los productores.

Ellos le advirtieron al entonces ministro de Agricultura, Aurelio Iragorri, que no había suficientes y adecuados planes de comercialización del arroz adicional que estaba invitando a producir.

Iragorri, abogado, pero sobre todo político, tal vez oyó, pero definitivamente no escuchó. Y las consecuencias están ahí, en los silos de almacenamiento repletos de un arroz que no tiene salida, botón de muestra de lo que es la falta de coherencia con que se manejan los intereses nacionales.

Hoy, por la falta de previsión del ministro, por su reticencia a escuchar a los que saben, en Colombia hay tanto arroz que se suplica que no haya más.

Hay arroz como arroz, para estar a tono con el lenguaje juvenil…

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