¿Cuántos hogares colombianos evitaron ayer llorar y vestirse de luto, porque uno de sus hombres murió en la guerra?
No lo sabemos, pero tampoco es que nos sea extraño.
Todos los colombianos somos conscientes de que, más allá de los partidismos exacerbados y dolorosos, y mucho más allá de si la alcanzó un presidente por el que pocos sienten simpatía, la paz con las Farc es lo mejor que ha logrado el país en muchos años.
La obcecación y el extremismo político delirantes entorpecen de tal manera la capacidad no solo de analizar objetivamente sino de admitir que el hecho de que no nos estemos matando y causando dolor, luto y lágrimas es, por mucho, no solo algo que nos merecemos como pueblo, sino el ambiente propicio para dar los pasos adelante que se necesitan para ser lo que debemos ser como potencia.
Insistir, como lo hacen muchos a través de las redes sociales y los medios de comunicación tradicionales, en que la paz con las Farc es solo resultado de un mezquino interés particular del presidente Juan Manuel Santos, ansioso de un reconocimiento global, como el Nobel, es repugnante. Eso sí es mezquino.
Hay muchos hogares en los que un día como el de ayer de los padres es triste, luctuoso, amargo, porque la guerra se llevó a algunos padres que eran o soldados o guerrilleros o paramilitares o simplemente civiles…
La suma de hogares así pudo aumentar. Pero el silencio negociado de fusiles y granadas, oficiales o no, permitieron que la apocalíptica matanza se detuviera.
Probablemente muchos colombianos no han visto las estadísticas: durante un año completo no hubo un solo compatriota siquiera herido en lo que tiene que ver con las Farc y los acuerdos de La Habana. Y en 2016 hubo solo tres víctimas.
Si esto no significa nada positivo, no estimula, no tranquiliza, realmente no es fácil entender cuál es el significado que se le da a la paz como producto de dejar de disparar y poner en práctica las políticas necesarias para consolidarla.
Insistir en reformar lo acordado, después de un largo tiempo de vigencia, es un desatino en el que no puede caer nadie, ni siquiera quien haya estado lejos de las consecuencias de la guerra.
Sin embargo, lo más probable es que nadie haya escapado sin consecuencias, al menos indirectas, de una guerra de 60 años que se escenificó en todo el territorio nacional.
Ojalá los espíritus se aplaquen y el fanatismo de quienes quieren ver en los acuerdos una trampa mortal se transforme en la tolerancia que está haciendo falta.
Si hubiera una trampa, es muy seguro que ya se hubiera manifestado.
De todos modos, el nuevo presidente, Iván Duque, dispone de mecanismos y recursos legales para ajustar, no tanto a su gusto sino hasta donde la Constitución lo permite, lo relativo a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), en lo que tiene que ver con el procedimiento.
Ir más allá significaría una ruptura institucional, por cuanto los acuerdos de La Habana son, en teoría, inmodificables.
