Si viviera, quizás el Maestro Guillermo Valencia hubiera repensado su frase célebre del sepelio de Rafael Uribe Uribe: ¡Oh democracia, bendita seas, aunque así nos mates! Por estos días, las razones le sobrarían para no ser tan condescendiente.
La democracia de hoy, al menos en esta parte de Colombia, tiene una curiosa forma atípica: las pírricas minorías deciden sobre las absolutas mayorías, contando para ello con el apoyo decidido de los gobernantes y administradores públicos. El interés de unos vale hoy más que el de todos, no como era antes.
Es una blasfemia, una obscena forma de democracia, pero es la que practican los gobernantes que tienen legitimidad, pero no autoridad, que se acomodan con el primer grito destemplado de cualquier atrabiliario con poder ajustado en la pretina.
La democracia de estos días en Cúcuta es un chiste flojo que solo hace llorar, protagonizado por energúmenos, abusivos choferes de taxis y busetas de transporte público con modales de matón barriobajero, y por autoridades que se convierten en tórtolas sumisas con solo presentir los bigotes del gato en el tejado de enfrente.
¿Desde cuándo las obras públicas, como el puente San Rafael, deben tener entre los requisitos el permiso de un puñado insignificante de choferes de buseta, o desde cuándo un reglamento debe ser consultado con los taxistas, o también por los motociclistas, a espaldas de los demás, sin tener en cuenta para nada la opinión mayoritaria?
¿Por qué un millón de habitantes del gran Cúcuta debe someterse, porque sí y con el beneplácito oficial, al capricho veleidoso de 1.500 buseteros a los que se les dijo que mientras dure la obra deben transitar solo por determinadas rutas?
¿Qué explicación tienen los alcaldes de Cúcuta y Los Patios, y el Área Metropolitana, para esa traición a los principios de la democracia, que siempre había significado el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo a través de sus mayorías?
¿Desde cuándo ya no es así, y por qué no se les informó a los ciudadanos que el poder transferido por el voto vale menos que nada, porque el transporte urbano es el que impone hoy las reglas de comportamiento o, mejor, de sometimiento, ante la actitud pusilánime de quienes fueron elegidos?
¿Qué es eso de permitirles a los buseteros bajar a la fuerza a los pasajeros y obligarlos a caminar, o pincharles las llantas a los taxis, porque están trabajando, o eso de bloquear las calles, como hacen los taxistas, cuando no les dan la chupeta que pidieron y que no se les puede dar? ¿Qué mal les ha hecho el pueblo, taxistas y buseteros, el mismo pueblo del que hacen parte, para tratarlo a las patadas?
¿Por qué hay que llegar a acuerdos con el transporte en torno de una obra de carácter público que será para beneficio de todos? ¿Cuál de los alcaldes lo explica? ¿Quizás algún funcionario del Área Metropolitana se atreva? ¡Qué va…!
Por esa actitud tembleque de los alcaldes es que se mantienen aún rodando unas busetas que deberían haber desaparecido hace muchos años, que contaminan el ambiente más que cualquier otra fuente, que son infectas chatarras ambulantes conducidas por tiranuelos de barrio… Pero, como son la minoría que decide, ningún funcionario se atreve a contradecirlos. ¡Vaya democracia, te queremos, pero no así!, hubiera dicho el Maestro.
Por fortuna, estos días la Policía les ha salido al quite a muchas situaciones derivadas de la incomodidad generada por la construcción el puente San Rafael. De no ser por su acción en algunos cruces claves, Cúcuta estaría sumida en un caos monumental.
