Los giros de la historia a veces parecen volantines de saltimbanqui. Personas que, durante decenios, sostuvieron una de las guerras más prolongadas, atroces e inhumanas de esta parte del mundo, como que fue la única manera que tuvieron a mano para hacerse sentir, son hoy los defensores de una paz que cada vez tiene menos defensores.
Nos referimos a los exguerrilleros de las Farc y a los guerrilleros del Eln, que luego de una reunión en Montecristi, Ecuador en la que analizaron el actual proceso de paz y del cese del fuego y hostilidades, declararon que unirán todos sus esfuerzos para defender la paz que por décadas ha esperado el país.
La Declaración de Montecristi, como se llamó el producto del encuentro, en el que participó una delegación gubernamental encabezada por la canciller, Ángela Holguín, coincide con momentos muy complicados para el acuerdo de paz con las Farc, por la falta de implementación de aspectos fundamentales que corresponde al Estado ejecutar.
Es tan complicado el momento, que ya se no se habla de una mitad del país que defendía los diálogos y la otra mitad que los rechazaba, sino de medio país que quiere que la paz fructifique, y medio que quiere que todo lo acordado sea fracaso, historia muerta.
Por eso, no deja de ser paradójico lo que sucede: durante casi 60 años, muchos esfuerzos se invirtieron en busca sentar a la mesa de negociaciones de la paz a las Farc y a otros grupos armados al margen de la ley. Había ansias de paz, necesidad imperiosa de parar la guerra y olvidarla. Y se logró, y se firmó un acuerdo complejo y difícil, y todo el país ha visto los resultados positivos.
Pero, cuando llegó el momento de concretar instrumentos jurídicos pactados y satisfacer todos los compromisos, algunos sectores políticos empezar a dilatarlo todo, y la propia paz está ahora en peligro, y en su defensa salen, decididos, los que declararon la guerra y la alimentaron durante tantos años y la llevaron al límite.
Desde luego, es un gesto encomiable, por provenir precisamente de quienes combatieron y quienes parcialmente causaron tanta horror y tanto dolor. Porque saben perfectamente lo que es la guerra, buscan que la paz se consolide. Y eso es comprensible.
Lo que no se entiende es la falta de voluntad del gobierno para satisfacer, a nombre del Estado, la palabra empeñada. Y menos se entiende la actitud apática de 48 millones de colombianos que siempre maldijeron la guerra y rogaron que en un máximo gesto de cordura, los protagonistas le pusieran fin, y cuando la guerra es un recuerdo, nada hacen por defender el clima de tranquilidad.
Por el contrario, respaldan a políticos que han vivido de hacer dinero con la guerra, que la defienden, que la propician, que la alimentan, pero no la pelean, no la tienen cerca nunca. La hacen con los jóvenes más pobres e indefensos, a los que empoderan con un rifle y un casco y los mandan por oleadas a un monte que nunca han conocido.
Pero, siquiera quedan momentos de sensatez en este país. Que provengan de gente que con su locura contagió a muchos, es una paradoja increíble en un país al que el mundo no concibe.
