El de los perniles de Navidad para Venezuela se está pareciendo mucho al garciamarquiano, mítico e interminable cuento del galló capón, solo que la versión del presidente Nicolás Maduro cambia de manera radical cada vez que lo cuenta, y le quita verdades y le agrega mentiras según las necesidades de cada momento.
Hasta ahora, Maduro solo ha dicho una verdad: Venezuela tiene que dedicar todos sus esfuerzos a producir, para no depender de nadie. Pero llevar a la práctica este enunciado no le será fácil ni a este ni a ningún próximo gobierno venezolano.
Su aparato productivo es uno de los más pobres del continente, entre otras razones porque ha vivido del petróleo, que ha permitido fomentar en Venezuela una cultura según la cual toda necesidad social la cubren los ingresos originados en la industria petrolífera.
En ese sentido, siempre les ha sido más práctico importar que producir lo que necesitan.
Esa realidad tiene que ver con lo ocurrido a Venezuela con las más o menos 2 mil 200 toneladas (3 mil según otras versiones) de pernil de cerdo que Maduro dijo importó para entregarlas a los pobres de su país durante las festividades navideñas.
Ante la demora del supuesto pedido de carne en llegar a Venezuela, Maduro acusó a Portugal de sabotearle sus planes de cumplirles a los pobres. Pero, cuando Portugal aclaró que Venezuela no había hecho negocios con ellos, porque debe 40 millones de dólares de otro pedido, Maduro se silenció.
Entonces culpó a Colombia y la condenó a quedarse con los perniles que, dijo él, se pudrieron en Cúcuta esperando el paso. La Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales (Dian) reveló que el 26 de diciembre, dos camiones con 50 toneladas de perniles cruzaron a Mérida por el puente internacional Simón Bolívar, y que otros dos esperaban el 27 el cumplimiento de requisitos, para salir.
Incluso, el ministerio de Transporte otorgó “un permiso especial” a una empresa con el objetivo “de que se transporten los (...) perniles de cerdo a la ciudad de Barinas”. Desde luego, una explicación como esta carece de sentido para Maduro y sus ministros, acostumbrados a saltarse las normas del Estado con tal de cumplir con sus deseos.
Por algo se habla de Venezuela como de un Estado fallido: su irrespeto a las normas, legales y de otro tipo, es inveterado y generalizado.
Los hechos concretos son que Venezuela no paga sus deudas y por lo mismo nadie quiere hacer negocios con ese país, y no tiene industria de ninguna clase, y así, cualquier dólar que recibe debe destinarlo a importar lo que necesita.
Y, ante esta doble situación crítica, muy poco, por no decir nada, le queda al gobierno por hacer, salvo intentar no morir asfixiado.
Mientras tanto, sus habitantes continúan en una dolorosa y siniestra diáspora que los ha lanzado a muchos países, pero que tiene en Colombia su cabeza de puente.
Es una situación que se prolongará por mucho tiempo, por razón de políticas equivocadas por parte de un gobierno que no se ha dado cuenta de detalles como el de que hace dos años, un bolívar costaba en Cúcuta 4,55 pesos colombianos. Hoy, un peso cuesta 50 bolívares.
Así, ¿qué pensará hacer el gobierno revolucionario socialista, además de quejarse por unos perniles?
