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Editorial
Código de convivencia
Una fiesta o reunión familiar y de amigos no debe transformarse en un infernal concierto para el vecindario.
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La opinión
La Opinión
Martes, 1 de Agosto de 2017

Más que un conjunto de castigos para obligar a los ciudadanos a andar derechito sin violentar los derechos de sus semejantes, el nuevo Código de Policía debe servir para la educación cívica con el propósito de que lo común, y no lo espectacular, sea respetar las mínimas normas comportamiento en los espacios vecinales y urbanos.

Una fiesta o reunión familiar y de amigos no debe transformarse en un infernal concierto para el vecindario. Cada evento tiene su lugar, y las casas o apartamentos que hacen parte de un vecindario no deben convertirse en discotecas, pues hay un bienestar común  que debe ser preservado. 

A los ruidosos hay que hacerles caer en cuenta de lo siguiente: mejor evitar el comparendo de $367.696 que tendrían pagar de multa por no tener un adecuado comportamiento, ya que este dinero les podría servir para otros menesteres y, además, ahorrarse el sonrojo o la pena por ser señalados como vecinos maleducados, que seguramente sí exigirán el respeto al buen dormir, si otro residente en la zona le sube en exceso el volumen al equipo de sonido.

Lo de los perros es una cuestión de lógica elemental, que haya que ponerles bozal a los que sean de razas peligrosas que también deben tener una póliza de responsabilidad y de llevar bolsas para recogerles sus necesidades, razón por la cual no hay que esperar para actuar correctamente, hasta después de que se tengan que pagar altas sanciones pecuniarias.

Es que todo lo incorrecto que se hace en la vía pública de alguna manera es consecuencia de que algo falló en la educación. Desde las aulas, por lo menos una hora al mes, en lugar de alguna lúdica, por ejemplo, debería tomarse el Código de Policía como una base de las clases de cívica, para que los niños desde primaria y bachillerato aprendan, entiendan y conozcan que hay unas conductas que deben acatarse para la sana convivencia.

Pero no es de buenos ciudadanos el incurrir en una situación que es recurrente en Cúcuta,  como es la transformación de los andenes en bares callejeros, al frente de expendios de licor. Esa falta de cultura cívica, impacta sobre dichos lugares que tienden a volverse vedados para mujeres y niños, por el riesgo que representan para la integridad moral y personal, y por los niveles de inseguridad que adquieren.

Muy bien lo dijo el coronel Pablo Antonio Criollo, secretario General de la Policía Nacional, quien es el coordinador de la aplicación de la Ley 1801 de 2016: “debemos tener presente que se trata de reglas de comportamiento de una comunidad, de parámetros de conducta con el fin de generar un mejor vivir para todos”.

En el caso de Cúcuta, así como en la mayoría de ciudades de Colombia, la aplicación del nuevo código impone un verdadero reto, pues implica necesariamente un cambio de mentalidad, un cambio en las formas de actuar de nuestra sociedad, muchas veces individualista e indolente frente a los demás. 

Cuando los comportamientos se han permitido por tantos años, cambiarlos puede llegar a ser una tarea titánica. Con esta herramienta y con el apoyo de la pedagogía educativa, se espera que esta labor empiece a darse sin mayores traumatismos. 

Solo acatando estas normas de convivencia que pueden ser elementales, será posible encontrar una mejor armonía para vivir en sociedad.  

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