La belleza natural engendra una sensación de placidez tal, que nos inspira a superar la fragilidad humana, a asomarnos a la sabiduría y a hallar una redención espiritual de los pesares del mundo.
Hemos perdido el don de admirarla y describirla, como antes, cuando la literatura nos regocijaba con esplendorosas páginas, la pintura con paisajes supremos, la música con una deliciosa armonía y la filosofía con su enigma seductor.
Cuántas palabras bonitas surgen nostálgicas, rocío, aurora, crepúsculo, luna, sol, riachuelo, orquídea, mar, montaña, niebla, laguna, árbol, flor, huerto, sonrisa, pájaro, horizonte, nube, semilla, frailejón, colibrí, caracol, en fin…
Y una libertad andariega ronda por ahí y nos hace añorar, con suspiros callados, espacios y tiempos inmortales, para que la brevedad de la vida sea inmensamente fértil y nos alivie el ascenso a la eternidad.
¿Cómo mirarla? Con el corazón en los pliegues de la intimidad, como lo hacen los sabios, con la inteligencia del búho y la parsimonia tejedora de las arañas, con la alegría de las gaviotas en bandada y un vals universal de estrellas sonando.
Así, la belleza natural se arraiga en el alma, nos acaricia con su arte y apresura los preludios de la perfección, para seducir la fantasía y atraparla -por instantes-, mientras va camino a su reposo inmortal.
Uno imagina las velas de su barco dispuestas a henchirse de sueños, para navegar a proa, sin distancias -con el viento siempre a favor-, para ser timoneles del propio destino y bendecir, con una profunda reverencia, a Dios.
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