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Matemáticas y agua en Norte de Santander
La educación puede ser la palanca, pero requiere un entorno que la sostenga; en términos propositivos, Norte de Santander necesita avanzar en tres frentes.
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Miércoles, 25 de Marzo de 2026

He estado siguiendo una cuenta en X llamada “Debata con Datos”, donde participan algunos amigos con quienes compartí valiosos ejercicios de análisis territorial. Recientemente se conmemoraron dos fechas relevantes: el Día Mundial de las Matemáticas y el Día Mundial del Agua. A propósito de estas celebraciones, “Debata con Datos” publicó un especial que ofrece una mirada interesante sobre el departamento de Norte de Santander. Los resultados son llamativos: muestran, como se suele decir, “unas de cal y otras de arena”, evidenciando tanto avances como desafíos en materia de desarrollo.

En el marco del Día Mundial de las Matemáticas, los resultados son, sin duda, una buena noticia. Norte de Santander se ubica entre los departamentos con mejor desempeño promedio en el sector público, alcanzando 56 puntos, solo superado por Boyacá y en línea con regiones tradicionalmente más fuertes en educación como Santander. Pero hay un dato aún más revelador: es uno de los pocos territorios donde el sector público supera al privado. Esto rompe una narrativa instalada según la cual la calidad educativa depende casi exclusivamente del tipo de institución y sugiere que, incluso en contextos de frontera y vulnerabilidad, es posible construir capacidades educativas sólidas.

Este resultado no debe leerse como un punto de llegada, sino como una señal de que ciertas políticas (posiblemente asociadas a calidad docente, continuidad institucional o estrategias territoriales) están dando resultados. Sin embargo, el mismo análisis advierte que el promedio nacional sigue lejos del nivel deseable (71 puntos), y que menos del 20% de los estudiantes lo alcanza. Es decir, incluso los “mejores” siguen en deuda con estándares de excelencia.

Además, persisten brechas internas que no pueden ignorarse. A nivel nacional, la diferencia entre zonas urbanas y rurales sigue siendo marcada, al igual que la brecha de género. Esto plantea un riesgo claro: que los buenos promedios (“tiranía de la media”) oculten desigualdades dentro del mismo territorio. Norte de Santander no es ajeno a esta realidad. Su reto no es solo mantener buenos resultados agregados, sino cerrarlos al interior del sistema educativo. En el caso del departamento debe tener una mirada crítica y una política diferenciada como lo he mencionado en columnas anteriores dada la heterogeneidad del territorio y las dinámicas complejas (el conflicto armado y la frontera)

La otra cara de la moneda aparece con el Día Mundial del Agua. Aquí la noticia es mucho menos alentadora. En Colombia, apenas el 36,7% de las aguas residuales domésticas reciben tratamiento antes de llegar a los ríos. El dato presentado para el departamento es pírrico, las debilidades institucionales y fiscales saltan a la vista.

Más preocupante aún es la situación rural: en Norte de Santander, de los 40 municipios solo el 10% de los municipios cuenta con agua sin riesgo versus el 8% de agua no apta para el consumo, mientras que el 83% ni siquiera reporta información. Este dato no es menor. Donde no hay información, tampoco hay política pública efectiva. Y donde no hay política, lo que se normaliza es el riesgo: niños expuestos a agua contaminada, enfermedades prevenibles y una reproducción silenciosa de la desigualdad.

Aquí emerge una paradoja potente: un territorio que muestra avances en capital humano (educación), pero que aún enfrenta déficits básicos en infraestructura y servicios esenciales. La pregunta es inevitable: ¿qué tipo de desarrollo estamos construyendo si formar mejores estudiantes no viene acompañado de condiciones dignas para su vida cotidiana?

El desafío, entonces, es articular ambas agendas. La educación puede ser la palanca, pero requiere un entorno que la sostenga; en términos propositivos, Norte de Santander necesita avanzar en tres frentes. Primero, consolidar su apuesta educativa, profundizando en calidad y cerrando brechas internas. Segundo, priorizar inversiones en agua y saneamiento, especialmente en zonas rurales, donde la deuda es más crítica. Y tercero, fortalecer la capacidad institucional para generar y usar datos, porque sin información no hay decisiones efectivas.


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