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Más allá de la medalla
Las reacciones no tardaron. Políticos noruegos calificaron la acción de “absurda”, temiendo que politizara un premio pensado para estar por encima de coyunturas partidistas.
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Martes, 20 de Enero de 2026

Desde que tengo memoria, la imagen de alguien recibiendo el Premio Nobel me ha cautivado: un instante solemne donde el mundo parece detenerse para honrar el ingenio humano. Esa medalla de oro no es solo metal; simboliza avances en ciencia, literatura y paz, y representa el ideal de reconocer lo mejor de nuestra especie. Creado por Alfred Nobel en 1895, el premio nació con el propósito de destacar contribuciones al “mayor beneficio de la humanidad”. Desde entonces, cada ceremonia recuerda que el conocimiento puede transformar sociedades enteras.

Pero el 15 de enero de 2026, el Nobel de la Paz tomó un giro inesperado. María Corina Machado, galardonada en 2025 por su lucha contra la autocracia venezolana y su defensa de los derechos humanos, entregó simbólicamente su medalla al presidente Donald Trump en la Casa Blanca. No fue una cesión oficial, sino un gesto colmado de significado político. Para entenderlo, hay que volver al origen del reconocimiento.

El 10 de octubre de 2025 se anunció su victoria mientras ella aún enfrentaba restricciones bajo el régimen chavista. Pese a los riesgos, logró salir de Venezuela para asistir a la ceremonia en Oslo. Su presencia allí fue un acto de desafío y un mensaje al mundo sobre la crisis democrática de su país. Recibir el Nobel la convirtió en un símbolo internacional de resistencia.

Meses después, Machado justificó su gesto hacia Trump como un tributo al apoyo que, según ella, contribuyó a debilitar al chavismo. El Comité Nobel noruego fue claro: el premio no puede transferirse; solo el laureado lo ostenta. La medalla física puede cambiar de manos, pero el honor es intransferible. El acto evocó un acontecimiento histórico. Machado recordó cuando Lafayette obsequió a Simón Bolívar una medalla con el rostro de George Washington como símbolo de solidaridad entre pueblos. Su comparación buscó presentar el gesto como un puente entre democracias y una señal de alianza por la libertad venezolana. Otros lo vieron como una maniobra para afianzar influencias en un escenario político global en reconstrucción.

Las reacciones no tardaron. Políticos noruegos calificaron la acción de “absurda”, temiendo que politizara un premio pensado para estar por encima de coyunturas partidistas. Analistas internacionales debatieron si este tipo de gestos debilitan la neutralidad histórica del Nobel o, por el contrario, lo conectan con realidades concretas. El episodio abre preguntas inevitables: ¿puede un símbolo universal adaptarse a las tensiones del presente sin perder su esencia? ¿O corre el riesgo de convertirse en herramienta de disputas políticas?

Para mí, lo ocurrido demuestra que los símbolos nunca son estáticos. El Nobel no es solo una medalla: es una historia viva que cambia según quién la porta y qué hace con ella. Más allá de la controversia, este gesto recordó que la lucha por la libertad, especialmente en lugares como Venezuela, sigue necesitando aliados, relatos y gestos que la mantengan visible. Al final, la pieza de oro vale menos que lo que representa. Su verdadero peso está en las convicciones que inspira y en la esperanza que logra encender en otros. Y eso, ningún protocolo puede arrebatárselo


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