En medio de la consternación, el dolor profundo y el asombro que deja una noticia imposible de asimilar, hoy escribo estas palabras como un acto de memoria, respeto y gratitud. Estas líneas están dirigidas, en primer lugar, a la familia Acosta Salcedo, como un abrazo sincero y solidario en medio del duelo; y también a quienes no tuvieron la oportunidad de conocerla. Deberán saber que Natalia era realmente: un ser humano invaluable, una mujer luminosa, profundamente humana y auténtica, cuya vida fue sinónimo de amor, servicio y esperanza.
Nacida en el seno de una familia humilde, en el barrio Jesús Cautivo de Ocaña., desde allí, entre esfuerzos cotidianos, enseñanzas sencillas y un hogar lleno de valores, se forjó una mujer noble, sensible y comprometida con los demás. Su historia es la de muchas mujeres que, desde la humildad, construyen grandeza; que entienden el sacrificio no como una carga, sino como una forma de amar.
En sus actividades cotidianas, hacia participe a su familia quienes le acompañaban con consejos, y voces de aliento, y ella en pago por su amor mantenía la fortaleza y luchaba por que sus sueños se alinearan a poder compartir tiempo con su hija y darle una educación llena de valores y sobre todo mucho amor.
Para quienes compartían sus horas con ella, coinciden en algo esencial: era humildad hecha persona. Era detallista en los pequeños gestos, generosa con su tiempo, y profundamente amorosa con quienes la rodeaban. No buscaba reconocimiento; su mayor recompensa era saber que había servido, acompañado o aliviado a alguien más.
Gracias a su esfuerzo logró obtener el título de abogada en la Universidad Santo Tomás de Bucaramanga. Allí encontró uno de los mayores amores de su vida: su hija, el motor de cada una de sus luchas, el motivo de sus desvelos y la razón más poderosa de sus sueños. Natalia fue, ante todo, una madre entregada, valiente y amorosa, que luchó incansablemente por construir un futuro digno y lleno de oportunidades para ella.
Haber nacido y crecido en la provincia de Ocaña, territorio marcado por las dinámicas del conflicto armado, le despertó una sensibilidad especial frente al dolor ajeno y una profunda vocación humanitaria. Llevándola a ejercer su profesión con un compromiso ético y social admirable, trabajando en entidades como la Personería Municipal de Ocaña y Tibú, el Consejo Noruego para Refugiados, el Instituto Departamental de Salud de Norte de Santander y el Congreso de la República.
Sin improvisaciones, con responsabilidad y convicción, logró ganarse un espacio en el equipo político del Representante a la Cámara Diógenes Quintero Amaya. Allí, como en cada escenario de su vida, sus cualidades brotaron a flor de piel: una mujer íntegra, decidida, perseverante, proactiva y optimista, capaz de asumir retos con valentía y de trabajar con disciplina, lealtad y profundo sentido humano.
Hoy, más allá del dolor por su partida, honramos su memoria recordando sus risas espontáneas, sus abrazos sinceros, sus ocurrencias, su mirada llena de esperanza y las mil maneras en las que sabía demostrar amor. Natalia no solo deja recuerdos; deja huellas imborrables, deja enseñanzas, deja ejemplo.
Que su nombre no se apague en el silencio, que su historia sea contada y que su vida siga inspirando. Natalia Cristina Acosta Salcedo no se ha ido del todo: vive en la memoria, en el amor que sembró y en la esperanza que dejó como herencia. Su legado vivirá en su hija, en su familia, en sus amigos y en cada persona cuya vida tocó con su bondad.
*Kevin Ruiz
Especial para La Opinión
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