El trombón de Willie Colón -William Anthony Colón Román (1950 - 2026)- ha guardado silencio y, con él, una parte vibrante de nuestra memoria colectiva se ha esfumado. La partida de esta figura trasciende la lógica de lo convencional; nos deja una sensación de orfandad musical, como si un cronista infalible hubiera decidido, de repente, cerrar su libreta de apuntes y pentagramas.
Para la audiencia colombiana, este vacío tiene un eco particular. Durante tres lustros, las noches dominicales frente al televisor estuvieron marcadas por una cortinilla sonora inconfundible. El programa fue producido por la programadora Punch y su cortinilla musical con “A Julia” se convirtió en un himno dominical que anunciaba el inicio de una revista de variedades que abarcaba cultura, farándula y noticias de interés general. Ese tema, que abría el recordado programa “Panorama”, se convirtió en una verdadera señal de identidad nacional.
Vale la pena precisar que esa pieza no era un capricho instrumental, sino un homenaje profundo a Julia Craig, su esposa y compañera de vida. De origen irlandés y madre de sus cuatro hijos, Julia fue el pilar fundamental en su accidentada trayectoria; fue ella, incluso, quien le salvó la vida en aquel accidente automovilístico de 2021 en el que ambos se vieron involucrados, un hecho que el propio músico reconoció públicamente en entrevistas. Al escuchar la canción, no solo disfrutábamos de una composición magistral, sino que presenciábamos, sin saberlo, una declaración de amor perpetuada en vinilo.
El legado de este visionario va mucho más allá de lo anecdótico. Él no se limitó a grabar discos, construyó catedrales sonoras. Cuando uno revisa obras como “Pedro Navaja”, se encuentra ante un thriller social condensado en menos de ocho minutos, una crónica cinematográfica donde el crimen, la fatalidad y el sarcasmo se mezclan con una maestría que pocos autores han logrado emular. O tomemos el drama existencial de “El Gran Varón”, una pieza que, con una narrativa cruda y necesaria, cuestionó los prejuicios de toda una generación.
Su genialidad radicó en la capacidad de transformar el caos neoyorquino en una sinfonía urbana. Fue un director de orquesta que entendió que la salsa debía tener filo, riesgo y, sobre todo, verdad. No buscaba la perfección estética, sino la autenticidad. Sus arreglos, con esos metales que cortan el aire y el golpe seco de la percusión, no eran simples adornos, eran el pulso mismo de quienes habitan la periferia.
Hoy, la invitación es a rescatar el valor de su obra desde la intimidad. No busquemos reemplazar el silencio con ruido. La propuesta es sencilla: busque esa grabación que marcó su juventud, ajuste el volumen, apague las luces y cierre los ojos.
Al dejarse envolver por esos acordes, no solo regresará a la época en que “Panorama” nos reunía cada domingo, sino que sentirá cómo el tiempo se suspende. Permita que el trombón le transporte a esos rincones donde fuimos felices sin saberlo. Que la nostalgia no sea una carga, sino un vehículo para reencontrarse con lo que, a pesar de las ausencias, permanece intacto. Porque, como bien nos enseñó Willie Colón, la vida nos da sorpresas, pero la buena música, esa, se queda para siempre.
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