
Siempre me llamó la atención que mi padre nos insistía por sobre todo en tener vergüenza. Quien pierde la vergüenza, decía, lo pierde todo.
Para el caso nos interesa el primer significado que trae el diccionario de la RAE: “Turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante”. Por supuesto que se debe partir de conceptos elementales y mayoritariamente aceptados como son: primero, que existen cosas prohibidas por inmorales, ilícitas, ilegales y nocivas; y segundo, que hay acciones deshonrosas y humillantes en que no se debe caer. Pero si el individuo ha borrado de su conciencia, de su mente, de su corazón y de su conducta esos conceptos o valores, no hay nada qué hacer.
Ese término, vergüenza, fue el que se paseó y campeó en todos los ámbitos de Colombia el 4 de febrero con motivo del consejo de ministros del gobierno de Colombia, transmitido por televisión que, justamente, debería llamarse el “consejo de la vergüenza”.
Los colombianos, con las excepciones de los turiferarios del régimen, sin duda que experimentaron lo que se llama vergüenza ajena ante el mundo.
En el imaginario colectivo bullía la idea de algo respetable, honorable y ejemplar de un consejo de ministros. O, por decirlo más claro, de la deliberación, junto al presidente de la república, de las personas más sabias en cada materia, íntegros moralmente, elegantes en su presentación, y paradigmas ante todos. No el zaperoco que se vio de unos individuos vestidos a lo gamín (qué falta de respeto con la dignidad que se les otorgó), y, lo grave, sin conocimiento de los temas de su despacho, pero peor aún que la incompetencia, la irresponsabilidad al no ejecutar nada de lo encomendado.
Al sacarse los cueros al sol parecía aquello una jauría; se armó una batalla campal, sin salvarse quien funge como presidente de la república; éste, acorralado, reclamaba que lo respetaran como presidente.
Sí, muy democrático el tal consejo, con gentes de todas las regiones del país, de todos los partidos, todos sin religión o mejor anticatólicos, de todos los llamados hoy sexos o géneros que no son sino gustos carnales: heterosexuales, transexuales, homosexuales, lesbianas y quién sabe qué más, y con la representación de todos los vicios: drogadictos, borrachos, maltratadores de mujeres, escritores de libretos televisivos de pornografía y de series de mafiosos, exconvictos sin pagar una pena de prisión como el propio presidente incurso en rebelión, en fin. (Debo sí sacar de ese desorden a nuestro coterráneo Juan Fernando Cristo que es un hombre decente e ilustrado).
¿Cuál de los participantes, incluido el señor Petro, el primero, siente vergüenza por el show, por no saber, por no hacer nada, por su conducta que sirve de todo menos de ejemplo para los colombianos? ¡Ninguno!
Y para comprobar que el respeto al orden legal les importa un comino, al igual que la moral y los buenos modales, la cereza del pastel la pusieron con la violación de la Ley 63 de 1923, aún vigente, que en su artículo 9° ordena: “Las sesiones del consejo de ministros como cuerpo consultivo son absolutamente reservadas”.
Concluyamos con lo que dicen los campesinos boyacenses: “Eso sí fue pa´ las meras vergüenzas”.
orlandoclavijotorrado@yahoo.es
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